Capítulo 3 – Sarah y Arthur (I)

Dos sombras en uno de los laterales del gran salón del trono, en el interior del castillo de Targoviste, cuchicheaban mientras esperaban impacientes la llegada del monarca.
Se trataba de un hombre y una mujer, venidos del límite sur de la extensión Valaka, concretamente de la ciudad de Craiova.
- ¿Sabes Sarah?, la verdad es que me puede más el miedo a lo que es capaz este hombre que los nervios de estar a punto de ver a nuestro rey. -, Arthur, con voz grave y cabizbajo, reseñaba bajo esta frase su resignación ante la visita que su condición de mensajero le obligaba a realizar con tal urgencia, y siguió diciendo, – sin embargo, la curiosidad es en parte más grande que esos sentimientos. Me gusta comprobar por mi mismo las cosas, y el hecho de ver si es cierto lo que dicen de él me intriga. -
Sarah, con tan sólo 20 años parecía aguantar la tensión del momento mejor que el joven Arthur. Bajo una fría e impenetrable capa de dignidad, intentó disimular su nerviosismo,
- Si te digo la verdad Arthur, y si eso te hace sentir mejor, este es el último lugar donde me gustaría estar -.
Su largo cabello negro, movió un ápice sus amplias ondulaciones al sentir su esbelto cuerpo el temblor provocado por un leve escalofrío incontrolado a su intento de huir del pánico que le proporcionaba este encuentro.
- Sabes lo que se dice de él, ¿verdad?. No en vano se ganó su sobrenombre de demonio. -
Sarah empezaba a dejar traslucir su inquietud, sin embargo al darse cuenta de esta circunstancia recobró la compostura rápidamente irguiéndo su espalda para resaltar las generosas curvas de su cuerpo bajo el vistoso uniforme militar que aderezado con una majestuosa capa roja, resaltaba el claro color plata de su cota de malla, ajustada a su cuerpo.
Ceñida a su cintura una espada, en perfecto estado, y calzada con unas adecuadas botas de piel, transfería la sensación de gran magnificencia, acentuada con el vistoso yelmo que mantenía bajo el brazo.
Capítulo 2 – Eric (II)

Pasaron de este modo varias horas, incapaces de moverse, presos de un terror que les atenazaba aún más que el intenso frío que arreciaba la noche.
Gritos lejanos y el reflejo de la luz de un gran fuego en dirección al centro de la ciudad les despertaron del profundo shock en que estaban inmersos.Poco a poco, con sumo, cuidado, buscando las sombras que la noche les proporcionaba, vagaron por las estrechas y angostas calles.
Eric, con Todd entre los brazos. Siloy por su parte más por desesperación de buscar a sus familiares que por curiosidad, fue moviéndose y guiándoles en dirección a los aterradores gritos de mujeres y hombres, así como los desgarradores llantos de niños, entre las sádicas risas y demoniacas carcajadas de hombres.
A cada paso que daban un olor a carne chamuscada y a muerte cada vez más fuerte, les embargaba.
Finalmente asomaron a un callejón estrecho, bañado por el resplandor de una enorme pira.
Este callejón desembocaba en la plaza principal de la ciudad de Targoviste. Y ya desde allí los gritos eran ensordecedores, al tiempo que sobrecogedores.
Dos figuras andrajosas se acercaron al borde del callejón, refugiándose en el portal más cercano al final de este, con intención de que al mismo tiempo les permitiera ocultarse mientras observaban qué sucedía.
Capítulo 2 – Eric (I)
Eric, joven de 13 años cuyos ojos azules resaltaban en su pálida y sucia cara, caminaba junto a Todd su pequeño cachorro, y Siloy su abuelo. Restos de la deshauciada y desgraciada família que solo unas horas antes conformaban un total de seis componentes.Huían de Targoviste, capital de Valakia, debido a lo sucedido esa misma noche, desencadenado por la inexplicable e inagotable locura de su rey, Vlad III. El sol empezaba a asomar por el horizonte, y las dos sombras caminaban en actitud reflexiva, silenciosa. Lo mejor era buscar otro lugar donde empezar de nuevo.
Su abuelo, Siloy, caminaba con la cabeza gacha, la expresión derrotada, la vista perdida en el suelo, como recordando aquello que no deseaba revivir.
Eric, joven despierto e inquieto por todo lo que le rodeaba acababa de vivir el episodio más terrorífico y traumático de su corta vida.
Finalmente se atrevió a romper el espeso silencio para decir a su abuelo con voz profundamente indignada y rota de dolor, presa de la desesperación.
- ¿Por qué hicieron eso?, ¿cómo hay gente capaz de hacer tanto daño, causar tanto dolor? -, la ténue brisa removía lévemente sus ropajes harapientos y su deshecho peinado.
Su abuelo levantó casi imperceptiblemente la mirada hacia el muchacho, marcando considerablemente sus arrugas, fruto de su edad, dejando en evidencia su más que ostensible suciedad y con unos ojos llenos de tristeza, vacíos de alma, sin vida, confiriéndole un aspecto extremadamente triste, más como un cuerpo sin vida capaz de caminar a duras penas, que un ser humano.
Este con un hilo de voz, llena de amargura respondió a su nieto con la máxima dulzura de que fué capaz.
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