Capítulo 2 – Eric (I)

7 Febrero 2008 at 9:52 am (Capítulo 2, Introducción)

Eric, joven de 13 años cuyos ojos azules resaltaban en su pálida y sucia cara, caminaba junto a Todd su pequeño cachorro, y Siloy su abuelo. Restos de la deshauciada y desgraciada família que solo unas horas antes conformaban un total de seis componentes.Huían de Targoviste, capital de Valakia, debido a lo sucedido esa misma noche, desencadenado por la inexplicable e inagotable locura de su rey, Vlad III. El sol empezaba a asomar por el horizonte, y las dos sombras caminaban en actitud reflexiva, silenciosa. Lo mejor era buscar otro lugar donde empezar de nuevo.

Su abuelo, Siloy, caminaba con la cabeza gacha, la expresión derrotada, la vista perdida en el suelo, como recordando aquello que no deseaba revivir.
Eric, joven despierto e inquieto por todo lo que le rodeaba acababa de vivir el episodio más terrorífico y traumático de su corta vida.

Finalmente se atrevió a romper el espeso silencio para decir a su abuelo con voz profundamente indignada y rota de dolor, presa de la desesperación.
- ¿Por qué hicieron eso?, ¿cómo hay gente capaz de hacer tanto daño, causar tanto dolor? -, la ténue brisa removía lévemente sus ropajes harapientos y su deshecho peinado.
Su abuelo levantó casi imperceptiblemente la mirada hacia el muchacho, marcando considerablemente sus arrugas, fruto de su edad, dejando en evidencia su más que ostensible suciedad y con unos ojos llenos de tristeza, vacíos de alma, sin vida, confiriéndole un aspecto extremadamente triste, más como un cuerpo sin vida capaz de caminar a duras penas, que un ser humano.
Este con un hilo de voz, llena de amargura respondió a su nieto con la máxima dulzura de que fué capaz.
– No lo sé hijo, pero tal vez algún día paguen por lo que hicieron -. Al tiempo que decía esto, Eric captó la rabia contenida en sus palabras, dejándose traslucir en su tono, y la leve tensión de los músculos de su abuelo, bajo su sucia y pálida piel.

Como posesiones solo les quedaban sus escasas ropas. Apenas una camisa y un pantalón desgarrados, mugrientos y desaliñados a cada uno. Descalzos sobre el embarrado camino, pedregal descuidado que les guiaría a Glodeni, pequeño pueblo que les serviría de refugio y descanso antes de proseguir su camino.

Tan solo unas mondedas había podido conservar el viejo hombre para garantizarse la supervivencia durante su huída.
Sus posesiones terminaban con Todd, un pequeño cachorro de razas cruzadas que habían recogido tan solo hacía un mes, vagando abandonado por las calles de la ciudad.

- ¿Se han vuelto locos?, no puedo creer que nuestra propia gente, nuestro propio rey, nos haya hecho esto -. Eric no pudo contener más las lágrimas, y sollozó profundamente mientras su abuelo, le intentaba tranquilizar tórpemente, poniendo su callosa y delgada mano sobre el hombro de su nieto.
Todd al ver la escena, se acurrucó junto la pierna del joven aullando mientras le miraba con sus oscuros ojos.

- Tranquilo Eric, pronto llegaremos. Sólo tenemos que subir esta cuesta y ante ti aparecerá el apacible y bello pueblo de Glodeni -.
La actitud del cachorro y las palabras del viejo parecieron dar fuerzas a Eric, cuando parecía que iba a desfallecer. Sin embargo, no podía olvidar lo ocurrido.

Como en un sueño, con la vista clavada en el horizonte, aún asomando el sol en un nuevo amanecer, las imágenes de lo que apenas unas horas antes les había acontecido, pasaron por su mente, sumiéndole en un profundo estado de shock.

El húmedo hocico de Todd, un pequeño cachorro marrón, de pelaje espeso y suave, sacó a Eric de su reconfortante sueño.
Cuando abrió los ojos, una rosada lengua invadió su espacio visual provocando la risa del joven, que se obligó a callar para no despertar al resto de su família.

Solo separados por una andrajosa cortina, sus padres, Emily y Arnold dormían en la habitación contigua.
Emily era una hermosa mujer, de ojos azules, como los de Eric, y espeso cabello negro. Siempre era muy cariñosa con los suyos, se dedicaba en cuerpo y alma a cuidarles y hacer su vida más llevadera.
Por su parte Arnold era un fornido hombre de oscura barba, entre la cual asomaba un duro rostro curtido por el duro trabajo en el mantenimiento de la ciudad.

En su misma habitación, Eric compartía estancia con su abuelo Siloy, y su pequeño hermano, de tan solo 4 años, Tory.
Tory aún apenas hablaba pese a su edad, y su inocencia, así como su simpatía, le hacía merecedor de ser el centro de atención de la vecindad cada vez que salía de la casa.

La pequeña casa se completaba con una habitación que hacía las veces de recibidor y pequeño salón donde conversar, comer, e incluso cocinar en la destrozada chimenea.
Era una casa simple, y sin encanto. Sin embargo Emily era capaz de transformarla en un acogedor hogar, manteniéndola siempre limpia, alegrándola con flores silvestres, o simplemente con su agradable forma de hablar y sus cariñosas caricias dispensadas a todos los miembros de la família.

En el exterior, la ciudad estaba en silencio en medio de la cerrada noche. Demasiado silencio incluso para la atemorizada Targoviste, cosa que intranquilizó al muchacho.
¿Era posible que el “demonio”, como se referían al gran gobernante Vlad III, hubiera sido capaz de hacer callar incluso a los animales que durante la noche rompían el silencio de la ciudad?, ese sonido que para Eric era tranquilizador, había desaparecido. Parecía casi como si la ciudad esperase algo, casi como si aguantase la respiración, la calma antes de la tempestad.

Eric, intentó quitarse esto de la cabeza jugando con el cachorro. Desde que un mes antes lo recogiese en la calle prácticamente recién nacido y totalmente desnutrido, el pequeño animal había aumentado considerablemente de tamaño.
Cuando Eric lo recogió del suelo evitando que un carruaje lo pisara, lo levantó a la altura de sus ojos y ambos quedaron mirándose. Fue una mirada especial, intensa, casi como si el pequeño cachorro supiera que a partir de ese momento su vida quedara atada a la de Eric.

El joven le dijo suevemente y con voz dulce, – a partir de ahora vendrás conmigo, te llamaré Todd -, y una sensación de alegría invadió su corazón, sintiendo un lazo especial hacia su nuevo amigo, como si sus dos almas hubiesen quedado unidas de algún modo.
Resguardándolo entre sus brazos lo llevó con sumo cuidado hasta su casa, mientras el cachorro movía alegremente la pequeña cola y miraba con despierta expresión el rostro de su nuevo amo.

Eric, mientras jugaba en medio de la oscuridad con Todd, recordó como al principio vió una pequeña bola marrón a punto de ser aplastada, y como al reconocer al cachorro corrió para salvarle. Desde ese momento habían sido inseparables, incluso cuando su padre le había reprendido por su inconsciencia.
- ¿Acaso no ves nuestra situación?, apenas podemos comer nosotros, no nos podemos permitir este perro, Eric -, el padre, Arnold, asomaba una preocupada expresión entre su frondosa barba, intentando hacer entender a su hijo la locura que suponía su oferta.
-Pero padre, es pequeño, yo soy capaz de renunciar a parte de mi comida por él -, Eric parecía ofendido ante las palabras de su padre, reprochándole su actitud, – ¿acaso no tienes corazón?, ¿ no me enseñaste que la vida es lo más importante de cuanto puede existir?, ¿cómo voy a dejar morir a este animal? -, al mismo tiempo Todd miraba alrededor con interés, moviendo su pequeño rabo.
- Eric …, er… -, el padre titubeó ante una argumentación que nunca esperaba, orgulloso a la vez, al ver lo inteligente que era su hijo, esto sería como una recompensa, como un regalo por la vida que él no le podía ofrecer, – … esta bien, quédatelo, pero tú serás responsable totalmente de él, espero que no me decepciones -.
Al escuchar las palabras de su padre, llenas de cariño y comprensión, se echó a sus brazos dándole incontables besos y riendo de alegría, mientras Arnold acariciaba a su hijo y le embargaba la felicidad.

En la oscuridad, totalmente ajeno a su entorno, acaparando su atención únicamente en el juego con su cachorro, Eric no se dió cuenta de que Todd cayó encima de su abuelo en uno de sus esporádicos saltos, lanzando este una maldición al ver al perro sobre su cabeza.
Eric reprimió una carcajada y saludó al viejo Siloy.
- Buenos días abuelo -.
El viejo, algo molesto por su cansancio y el modo en que le habían despertado contestó airadamente, – ¿Días?, ¡¡pero si aún es de noche!!. Este maldito perro solo hace que molestar -.
Ante el tono y las palabras de Siloy, Todd se limitó a mover el rabo y saltar intentando morder la gran oreja del viejo, de un modo muy simpático, cosa que hizo sacar a relucir el muy escondido buen humor de Siloy, quien olvidó su malestar y rió mirando al animal.
- Vamos a sacarlo, tal vez necesita dar un paseo -, sugirió Siloy, guiñando un ojo a su nieto, – pero que no se den cuenta tus padres y tu hermano -.
- De acuerdo -, asintió Eric.

Cogieron al cachorro, se pusieron la ropa que encontraron a mano encima para evitar que la fría noche del abril en Targoviste les congelara, y salieron al exterior en silencio, evitando que nadie les escuchase.
El cielo totalmente despejado presidía una noche en la que a la ténue luz de las calles de Targoviste, un precioso manto de estrellas confería una belleza especial al cruel mundo que acostumbraba a asomar en el día a día de Valakia.

- Este silencio no me gusta, ¿te has fijado que ni tan siquiera el viento se atreve a silbar sobre nosotros?, me asusta lo que pueda ocurrir -, la cara de Siloy mostraba una sincera preocupación mientras pronunciaba estas palabras.
Eric y Todd se quedaron quietos, en silencio. El joven notó un nudo en el estómago y el miedo asomó en su consciencia cuando se dió cuenta de que su abuelo tenía la misma impresión que él.

De repente en el profundo silencio empezó a emerger el eco de incontables pasos, pasos que al trote se acercaban en todas las direcciones.
- ¡¡Corre, ven conmigo!! -, el viejo cogió a su nieto del hombro y lo arrastró hacia las sombras justo en el momento en que una patrulla de la guardia moldava pasaba junto a ellos sin darse cuenta de su presencia, con la mirada perdida al frente. Fornidos soldados ataviados con relucientes armaduras que cegaban al reflejo de sus antorchas. Caras hoscas que reflejaban crueldad, dureza y sobretodo falta total de piedad, seguramente como resultado de las numerosas muertes que pendían a sus espaldas. Musculosos brazos que aferraban enormes espadas y lanzas, preparados para cualquier acción que requirieran.
La patrulla la conformaban al menos cuarenta soldados, que en su paso y aspecto, a la titubeante luz de sus antorchas, su aspecto se asemejaba más a una compañía de la muerte que a los habituales defensores de la ciudad y de Valakia.

Ante los atónitos ojos de Eric y Siloy, se repartieron por parejas y empezaron a entrar brutalmente en las casas, rompiendo cualquier cosa que se les pusiera delante.
Desde su posición los golpes y los gritos les hacían darse cuenta de la preocupante situación que estaban viviendo.
Sacaban a la gente a golpes, ensangrentada, atada de manos y amordazada.
Pero, ¿para qué hacían eso?, ¿porqué atacaban al barrio más pobre e indefenso de la ciudad?
Todd, captando la situación temblaba entre las piernas de Eric.

- ¿Qué hacen los soldados del rey?, ¿no es su deber defendernos?, ¿por qué sacan a la gente de sus casas? -, Eric con voz incrédula, preguntaba a su abuelo algo a lo que Siloy no encontraba respuesta, ni motivo, no logrando tan siquiera emitir sonido alguno, mientras veía las aterrorizadas expresiones en los rostros de sus vecinos.

Moviéndose entre las sombras lograron esquivar la guardia moldava gracias a su profundo conocimiento del barrio.
Poco a poco salieron de la zona intentando escapar de la locura, entre el estruendo de golpes, gritos y lloros.
Cuando por fin llegaban a su casa, lo más rápido que sus piernas les permitían, vieron como dos soldados irrumpían en ella.
Eric se lanzó hacia delante en un impulso por avisar a sus padres y su hermano, pero su abuelo Siloy lo cogió a tiempo escondiéndose en un rincón falto de luz.
Escucharon a Arnold resistiéndose. Un fuerte golpe, los gritos de su madre Emily, desgarrados, mientras la dulce voz de Tory lloraba sin consuelo.
Varios objetos cayeron al suelo con estruendo, y luego el silencio.

Los soldados salieron de la casa llevando a Arnold amordazado, inconsciente y con una fea brecha en la cabeza caída, que no paraba de sangrar.
Tras él su madre, Emily con los ojos abiertos de par en par, amordazada, sin poder gritar, con una expresión de terror que apartaba en parte la gran belleza que disponía. Su larga cabellera morena caía desaliñada por su espalda, y sus ojos azules estaban enrojecidos, llenos de dolor.
Finalmente, el segundo soldado llevaba un pequeño bulto en el hombro. Debía ser Tory, también amordazado, también insonsciente y empapado de sangre.

Eric y Siloy quedaron con la vista perdida donde habían estado sus familiares, llorando en la oscuridad, incapaces de moverse, incluso mucho después de haber terminado la incursión.
Todd les miraba con expresión triste, esperando a que alguien le indicara cómo debía comportarse.

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