Capítulo 3 – Sarah y Arthur (I)

25 Febrero 2008 at 2:30 pm (Capítulo 3, Introducción)

Dos sombras en uno de los laterales del gran salón del trono, en el interior del castillo de Targoviste, cuchicheaban mientras esperaban impacientes la llegada del monarca.
Se trataba de un hombre y una mujer, venidos del límite sur de la extensión Valaka, concretamente de la ciudad de Craiova.
- ¿Sabes Sarah?, la verdad es que me puede más el miedo a lo que es capaz este hombre que los nervios de estar a punto de ver a nuestro rey. -, Arthur, con voz grave y cabizbajo, reseñaba bajo esta frase su resignación ante la visita que su condición de mensajero le obligaba a realizar con tal urgencia, y siguió diciendo, – sin embargo, la curiosidad es en parte más grande que esos sentimientos. Me gusta comprobar por mi mismo las cosas, y el hecho de ver si es cierto lo que dicen de él me intriga. -

Sarah, con tan sólo 20 años parecía aguantar la tensión del momento mejor que el joven Arthur. Bajo una fría e impenetrable capa de dignidad, intentó disimular su nerviosismo,
- Si te digo la verdad Arthur, y si eso te hace sentir mejor, este es el último lugar donde me gustaría estar -.
Su largo cabello negro, movió un ápice sus amplias ondulaciones al sentir su esbelto cuerpo el temblor provocado por un leve escalofrío incontrolado a su intento de huir del pánico que le proporcionaba este encuentro.
- Sabes lo que se dice de él, ¿verdad?. No en vano se ganó su sobrenombre de demonio. -
Sarah empezaba a dejar traslucir su inquietud, sin embargo al darse cuenta de esta circunstancia recobró la compostura rápidamente irguiéndo su espalda para resaltar las generosas curvas de su cuerpo bajo el vistoso uniforme militar que aderezado con una majestuosa capa roja, resaltaba el claro color plata de su cota de malla, ajustada a su cuerpo.
Ceñida a su cintura una espada, en perfecto estado, y calzada con unas adecuadas botas de piel, transfería la sensación de gran magnificencia, acentuada con el vistoso yelmo que mantenía bajo el brazo.

Este uniforme era el mismo que los antiguos ejércitos boyardos habían utilizado, y en las ciudades de origen ban, es decir las cunas boyardas, sobre las cuales Vlad III había dado caza a los aliados de estas famílias tradicionalmente nobles aún se utilizaba.
Lo hacían servir la guardia de la ciudad, así como los mensajeros y fuerza militar de estas zonas en general.

Arthur, ataviado del mismo modo que su hermana y ergido junto a ella, era un joven de 19 años. Moreno, de tez clara al igual que Sarah, y ambos con grandes ojos de marrón intenso que resaltaban entre sus facciones.

Se hizo entre los dos un pesado silencio que impulsó a ambos mensajeros a buscar con la mirada una distracción para evitar pensar en las consecuencias que podría acarrearles el mensaje que traían con gran urgencia.

Lo que vieron al levantar sus ojos les encojió el corazón ante la magnificencia que las primeras luces del alba les dejaba contemplar.
Llegaron en la oscuridad aún de la mañana, entrando por la parte trasera del castillo, y no habían podido observar a través de la oscilante luz de las antorchas, la belleza del gran salón del trono que Vlad III había construido.

A gran altura, sobre los robustos muros del salón se abrían enormes y amplios ventanales, cubiertos por transparente cristal que dejaba pasar la luz del sol de un modo totalmente natural. Esta luz reflejaba sobre la blanca superfície de un bellísimo mármol que copaba todas las altísimas paredes del salón, creando un efecto refractante, que multiplicaba la luminosidad, dando la impresión de encontrarse al aire libre.
El techo, de hermosa madera oscura, contrastaba con la gran luz del salón y permitía ver al detalle, aún estando a tanta distancia del suelo, sus detalladas figuras talladas en forma de alegorías que el propio rey arguyó, como sacadas de sueños y visiones propios.
Estas figuras representaban una gran batalla en la que un gran número de personas afrontaban con espadas y armaduras un terrorífico ejército de bestias aladas, entre el fuego de tradicionales dragones orientales y otras criaturas extrañas, acompañadas con arcanos símbolos ininteligibles para cualquier persona no versada en estos asuntos.

El efecto de gran luminosidad en contraste con la sobrecojedora escena, daba un aspecto de impresionante magnificencia al colosal salón.
Sobre sus paredes, el hecho de no existir ningún adorno o tapiz, conseguía tal efecto de majestuosa grandeza.
Sólo una colosal chimenea tras el trono interrumpía la inacabable pieza de mármol que rodeaba la estancia.
A su derecha una pequeña puerta.

En la parte norte del salón, justo enfrente del imponente portal que daba acceso al salón real, y a cuya espalda quedaba la chimenea, parecida más a la entrada del infierno debido a su tamaño que a una chimenea convencional, estaba el trono del rey.
Se trataba de una hermosa pieza de extraño material, de un color negro como la noche, sobre el que se divisaban talladas extrañas e intrigantes formas de rostros y fauces de seres alados.
Este trono se asentaba sobre un cuadrante realzado casi un metro respecto al resto del salón.

El suelo estaba conformado por enormes baldosas de verde intenso. Visión fascinante mejorada si cabe por formas hechas en oro que representaban símbolos similares a los plasmados en el techo.
Desde la enorme puerta de entrada hasta el trono, una amplia línea roja, como un río de sangre, flanqueada por incontables candelabros y altos postes con antorchas y banderas de Valakia acompañaban la visión a través del amplio salón, como separando en dos la estancia.

- ¿Te has fijado en el gran número de gente que espera al rey, Sarah? – comentó Arthur.
- Sí, y lo extraño es que ante tanta gente, el rey no se preocupe de tener más soldados presentes – contestó la joven mensajera.

Cuando pasearon su mirada por la estancia desde su privilegiada situación, que quedaba a la parte derecha de los pies del trono real, pudieron observar varios centenares de personas, algunos con muy mal aspecto que podía hacer sospechar de ellos.

- Recuerda lo que se dice de la guardia personal del rey, – replicó Arthur – no son hombres normales -.
Sarah se quedó mirando fíjamente a su hermano,
- Arthur, por muy extraordinarios guerreros que sean los miembros de la guardia moldava, tan solo cinco soldados no podrían defender al rey de un ataque tan numeroso -.
Arthur la miró dubitativo,
- Si es cierto lo que dicen Sarah, yo no estaría tan seguro -.
Ambos observaron a los cinco solitarios soldados, que esperaban en la gran puerta de entrada a que llegara el rey para escoltarle entre la multitud hasta el trono.
- Además, ya sabes que Vlad es muy temido y respetado entre el pueblo y sus enemigos. Se lo ha ganado a pulso, fíjate como por muy apretados que estén a la espera de dirigirse al rey, nadie se atreve a pisar la alfombra roja. -, continuó Arthur.
Sarah pareció recordar y contestó,
- Es normal Arthur, según dicen el único hombre que lo hizo fue un pobre agricultor al que empujaron dentro de la alfombra en su presencia, debido a que no cabía más gente en los laterales. Parece ser que inmediatamente mandó cortar de su cuerpo todas aquellas partes que habían tocado la alfombra, y cuentan testigos que el hombre había caído de bruces al ser empujado -.
Arthur tembló al imaginarse la escena, pero no dejó que su hermana lo notara.
- Vlad hace cumplir las leyes, las marca con la sangre de los que las incumplen. Parece que el ejemplo le funciona -, zanjó Arthur.

En ese momento los hombres de la guardia moldava se colocaron en formación. Dos en cada lado para flanquear al monarca y uno iría delante.
El uniforme de la guardia moldava consistía en unos oscuros pantalones anchos y abombachados, ceñidos en la cintura y terminados por dentro de negras botas de piel.
Aun en el frío invierno su torso quedaba prácticamente al descubierto, tapado tan solo por un pequeño chaleco rojo sin mangas, que dejaban a la vista fibrosos cuerpos extremadamente musculados.
Les acompañaba un cinto marrón con una cimitarra reluciente y acababa el uniforme una capa oscura, que les confería un siniestro aspecto.
Para rematar su apariencia, la única armadura que parecían llevar era un yelmo, negro como la noche, pero extemadamente hermoso, que ostentaba sobre si un sobrecojedor murciélago que con sus alas desplegadas abrazaba la sien de su portador, dando un aspecto fascinante e imponente.
El yelmo parecía hecho del mismo material que el enigmático trono real, al igual que los enormes escudos que sobre sus espaldas permanecían anclados a sus cuerpos gracias a un oscuro cordón atado en oblicuo por delante de su pecho.
Los escudos, de perfecta circunferencia, poseían grabados sobre si el mismo murciélago del yelmo, en gesto amenazante, y a su vez sostenían bajo su peso una larga lanza cruzada de derecha a izquierda y de pies a cabeza de los imponentes soldados.

Los cinco hombres resultaban realmente intimidatorios. Arthur no quería ni imaginar la visión de centenares de estos, formados sobre el campo de batalla.
Todos poseían una estatura destacable y su atuendo les confería una apariencia aún mayor. Su tez era oscura, extraño en Valakia y sus caras parecían ajenas al gentío que les rodeaba, como en otro mundo. Sus miradas perdidas y su gesto impenetrable.

Una vez a la semana, el salón real se abría para que el pueblo de Valakia pudiera dirigirse a su soberano, de modo que este dictaminara soluciones, diera consejo, fuera informado de acontecimientos de importancia o simplemente se dejara ver entre el pueblo.
De todas las leyes y prohibiciones que Vlad III había impuesto y se había preocupado en hacer cumplir con mano de hierro para mantener el respeto y la acecuada convivencia dentro de sus fronteras, además de dar una imagen de inquebrantable solidez a las potencias vecinas que intentaban asiduamente conquistar la pequeña nación, el rey también había conferido derechos y había conseguido ganarse el respeto de sus ciudadanos.
Uno de esos derechos era este, el de poder dirigirse a él en persona cualquier ciudadano. Para ello dedicaba los viernes a este empeño.

Empezaron a sonar tambores que anunciaban la inminente llegada del rey.
Un leve murmullo de inquietud se levantó en la sala, mientras los soldados se irguieron, dispusiendo su cuerpo en visible tensión.
Todas las miradas se dirijieron al enorme portal que pronto se abriría dando paso a la legendaria figura del dirgente Valako.
Con gran estruendo empezaron a ceder los dos portones de más de tres metros, crujiendo sus goznes bajo el tremendo peso que soportaban.

El frío viento que los amplios corredores exteriores traían consigo se internó en el enorme salón acentuando la cara de tensión de los asistentes.
Todos llevaban más de dos horas encerrados a la espera de que llegara el monarca y eso se notaba en las ganas de la gente de trasladar sus palabras al rey.

Entró un pequeño y delgaducho personaje, pálido, de cabello rubio y ojos verdes, despiertos, penetrantes. Su nariz aguileña y su barbilla apuntalada le daban aspecto de burócrata real.
Su vestimenta era un simple traje color escarlata, cuyo único adorno era un fino cinturón marrón.
Quedó de pie en la entrada, momento en que la firmeza de su espalda y su cabeza erguida provocaron un súbito y rotundo silencio ante su inminente anuncio.
Ante si, extendiendo los brazos desplegó un amplio papel amarillento, prosiguiendo a anunciar con fuerte, vivaz y dura voz,
- ¡Cumpliendo con su deber y compromiso para con el pueblo, representado y aquí presente en el gran número aceptado en audiencia directa y privilegiada con el monarca, nuestro excelentísimo y gran señor de Valakia, defensor de nuestros derechos y libertades, Vlad III de Valakia!, inclínense ante su paso.-

Fuertes y pesados pasos trajeron en firme decisión la figura del monarca a la vista de los presentes, con paso heróico, de majestuoso porte, derroche de poder, dando a entender su posición, seguridad y capacidades.
Cuando se encontró a la altura central del pentágono formado por los soldados, empezaron a avanzar al unísono, como un solo hombre, con la misma expresión, dando síntomas de profunda solidez y lanzando un mensaje intimidatorio a lo sumo.

El monarca Vlad III, era más conocido entre el pueblo como Vlad Tepes (el empalador), sobrenombre atribuïdo a su persona por sus enemigos ante las enormes atrocidades cometidas, y más recientemente conocido como Vlad Draculea, que significa “hijo del demonio”.
Se atribuía este segundo sobrenombre a ser hijo del difunto Vlad Dracul (demonio), así como por formar parte de la órden del dragón (otra acepción de dracul).
Sin embargo los rumores acerca de sus últimos cambios físicos y aparente invencibilidad, así como sus diabólicos actos y modo de comportarse; hacían pensar a la gente, que su gobernante era un verdadero demonio.

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