Capítulo 4 – Reo (I)
Las manecillas del reloj marcaban las seis de la tarde en el amplio salón de tía Reggina, junto al río Olt.
Reo miraba a través del amplio ventanal el manso transcurrir de las aguas a su paso por la población de Slatina.
Slatina era una humilde población, situada en las cercanías de Craiova, que había padecido los efectos colaterales de la rendición Ban.
Su extraña formación confería a Slatina una belleza especial.
Conformada a los pies de altísimas montañas, Slatina fué antaño un frondoso bosque, maraña verde de la cuál extrajeron sus habitantes la materia prima que les permitió establecer sus viviendas a orillas del río.
Tan solo una mínima parte de las construcciones eran de piedra. La casa de los señores Ban de la villa y la austera iglesia que diariamente oficiaba celebraciones y daba cobijo a los necesitados, se contaban entre ellas.
Este conjunto arquitectónico y paisajístico, parecían trasladar a todo visitante a otro mundo.
Bajo el cielo celeste del Olt, la casa de tía Reggina daba una impresión de paz profunda.
De líneas regulares y madera oscura, acorde con el resto de viviendas, la limpieza de sus ventanales traslucía no solo el interior de la casa, sino también el corazón y espíritu de la mujer que regentaba la construcción.
Tía Reggina era viuda, lo era desde muy joven, y Reo la conocía así toda la vida, hasta el punto de llegar a preguntarse durante sus años de infancia, si en realidad la mujer ya habría nacido en esa condición de viudedad.
Reggina por su parte siempre recordaba a su marido con humor, señalando sus virtudes y admitiendo que después de su muerte nunca podría estar con otro hombre, puesto que no existía ni existiría jamás alguien comparable.
Mientras observaba el relajante paisaje, ensimismado seguramente en estrambóticos pensamientos, el tic que tanto le acuciaba, aquél por el que tía Reggina siempre le reprendía acudía de nuevo a su actividad en plena subconsciencia del peculiar personaje.
Su ojo izquierdo se cerraba espasmódicamente, mientras su cara dibujaba una extraña mueca, cómica para algunos, ridícula para todos, pero que sobretodo acababa por poner nervioso a cualquiera que se encontrase a su alrrededor.
Reo era de por si un personaje cuanto menos curioso.
Decía que escuchaba voces que le ayudaban, y muchas veces lo corroboraba cuando alguien le encontraba hablando solo, discutiendo con la nada o intentando atrapar volutas de viento en las que acababa por los suelos riendo como un poseso.
Realmente su especial carácter unido a sus numerosos tics y extravagante aspecto, le conferían un reconocimiento unánime de loco, sin más solución que el hecho de vivir apartado de la gente.
Llevaba casi cinco años sin salir, puesto que cada vez que asomaba a la calle la gente huía por miedo a posibles ataques de violencia y sobretodo desde aquél día, el maldito día en que el dedo del mundo le señaló y estuvo a punto de aplastarle con la losa de la muerte.
Desde entonces su mundo se había convertido en cuatro paredes, muros de madera que contenían a un ser humano marcado por la maldición de sus propios vecinos, que le consideraban un monstruo.
Muchos niños se asustaban entre sí contando su historia, amargamente alterada.
Su aspecto se había convertido en un resto de lo que era.
Pálido, remarcaban su tez las innumerables pecas que innundaban su cara, así como todo su cuerpo.
Su rojo cabello era ya una larga maraña que caía con aplomo sobre sus hombros.
Dirigida al celeste cielo, más allá de su reflejo en el cristal del ventanal, sus ojos eran azules como un luminoso mediodía de agosto.
Aunque debido a que no salía de la casa, tampoco se preocupaba de asearse lo suficiente, las contínuas riñas de su tía provocaban que sobre ese decadente aspecto físico, llevara buena ropa, siempre impecable.
- Reo, ¿ya has vuelto a dejar traslucir ese estúpido tic?, ¿qué te tengo dicho?, nunca sabes quién te puede ver, y aún más cuando estás asomado al ventanal -,
le reprendió tía Reggina condescendiente, con un tono casi apenado,
- si no intentas corregirte nunca podrás salir, y te quedarás aquí toda tu vida, ¿acaso es eso lo que quieres? -.
Sin embargo Reo continuó ensimismado, como si nada hubiese cambiado a su alrrededor, con los ojos muy abiertos mirando el contínuo paso de las aguas, expresión tensa, contrastante con la belleza y paz que le rodeaba.
- ¿Te pasa algo? -, continuó tía Reggina, – ¡Reo!, contéstame -.
Tía Reggina empezaba a asustarse, su voluminoso cuerpo se movía rápido, al ritmo de su acelerada respiración. Al ver así a su sobrino sus toscas facciones se tensaron y su cabello blanco quedó suspendido en el aire al tiempo que sus acelerados pasos le dirigían hasta Reo.
Este por su parte, sudaba cada vez más empapando sus ropas y confiriéndole un aspecto enfermizo.
En su subconsciente, más allá de las ataduras de este mundo y del alcance de tía Reggina, Reo visionaba algo que iba mucho más lejos de lo que hasta ahora nunca se le había revelado.
Como en una pesadilla se encontraba de pie en medio de un imponente valle. Kilómetros de extensión totalmente llana que se perdía en la inmensidad del horizonte en todas las direcciones juntándose con el cielo, casi como un lugar perdido en medio de la nada.
La hierba seca, amarillenta, le llegaba hasta casi la cintura, y ocupaba toda la superficie sin mostrar tan siquiera un solo claro de tierra, donde observar su color.
El ambiente era extremadamente seco, el aire pesado, el clima caluroso y el aspecto amarillento del sol decayente agobiaban aún más los sentidos.
Frente a él, a casi quinientos metros una gran humareda, precedida por el estremecer de la tierra empezaban a desasosegar el corazón del joven, que agudizando la mirada empezó a entrever entre la nube de polvo, un ingente número de personas, como sombras que formaran un solo cuerpo que se perdía por los dos extremos del horizonte, que amenazaban con aplastarlo si se quedaba allí por mucho más tiempo.
A sus pies la maleza, reseca, crujía y resquebrajaba al ritmo que sus pasos le alejaban de la turbia imagen del horror.
Con la vista aún clavada en ellos, su cuerpo empezaba a desplazarse en sentido contrario, mientras una familiar voz, aunque siempre escalofriante y fantasmal le hablaba en su habitual leve susurro que le hacía reaccionar.
- Corre Reo, corre y no pares… por tu bien -.
Una y otra vez le repetía las mismas palabras mientras la masa de gente se acercaba cada vez más hacia su enclenque cuerpo.
El aire era cada vez más pesado, el calor insoportable, y el terror que en oleadas aumentaba era cada vez más intenso.
Ya en sus oídos podía escuchar el enorme clamor de las miles de gargantas que a su espalda avanzaban cegadas en su cometido.
Ya el temblor de la tierra era un terremoto que amenazaba con hacerlo trastabillar.
Sus piernas fallarían en cualquier momento, puesto que su corazón latía al límite lanzando adrenalina a todos los rincones de su ser, sus pulmones parecían a punto de estallar en el arduo pero al parecer infructuoso intento de escapar a lo inevitable.
- ¡Corre no te detengas!, ¡no mires atrás o estarás acabado!-,
la voz agobiaba cada vez más su mente, no dejándole pensar en ningún momento. Reo no paraba de gritar mientras sus piernas se movían a un ritmo frenético, casi inhumano.
Su visión empezaba a nublarse y pronto se desmayaría como consecuencia del tremendo esfuerzo que estaba soportando.
Aún así, sabía que sus perseguidores le recortaban distancia paulatinamente.
Ya podía individualizar sus alaridos, así como cada una de las aceleradas y excitadas respiraciones. Podía relacionar esos sonidos con sus respectivos pisotones, fuertes, pesados.
Pronto notaría su aliento sobre la piel de su nuca, su cuerpo no daba más de si y empezaba a marearse.
Sus huesos pronto serían machacados por miles de pies que pasarían sobre él sin tan siquiera darse cuenta de su presencia.
Su cerebro ya no recibía suficiente oxígeno y todo él empezaba a fallar.
Correr en esas circunstancias a lo largo de un interminable valle de hierba seca, sin objetivo alguno, sabiendo que no tenía escapatoria, era un ejercicio realmente frustrante.
El ambiente amarillento se acentuó, oscureciéndose a su vez, la pesadez también, así como la presión, los gritos y el pavor irracional.
Sin embargo, cuando Reo se daba por acabado, cuando se agotaban sus fuerzas, cuando se rendía a la evidencia y se entregaba al desastre, cuando el sonido de los miles de perseguidores era más atronador que nunca y el temblor del suelo parecía a punto de desgarrar la tierra, algo imprevisible pasó.
Un insoportable estruendo rasgó la realidad, llegando a sus oídos, cubriendo todo lo demás, cesando absolutamente toda lógica y coherencia temporal.
Una amenaza a la integridad auditiva y a cualquier resto de cordura en todo presente y testigo de esos hechos, parecía un precio aceptable ante lo que había estado apunto de pasarle.
Tal era el estado físico del joven, que su única reacción fue caer de bruces sobre la reseca hierba tan solo unos pasos después.
Aún con el enorme ruido resente y en aumento, se tapó la cabeza con los brazos tal cual había quedado tendido en el suelo, a la espera de ser pisoteado y aplastado sin remedio.
Pasados unos segundos, nada de eso había sucedido y el sonido continuaba en aumento, así como la temperatura ambiental y la intensidad de la luz.
- ¡Gírate Reo, gírate!, ¡este es tu final!, ¡contempla un momento importante! -,
la escalofriante voz que insistía una y otra vez provocó que el joven se girase rápidamente quedando sentado en el suelo con las manos apoyadas y sus piernas extendidas esperando que la muerte le alcanzase.
El sudor perlando su frente, su maraña de pelo pegada a su cabeza debido al calor.
Cuando abrió los ojos vió a tan solo diez metros la gran cantidad de gente que le perseguía. Un número interminable de cuerpos que formaban un muro eterno, abarcaba todo su campo de visión a derecha e izquierda, y se perdía en el horizonte.
Se trataba de hombres fuertes, con el torso descubierto, la piel oscura, sudorosos y de aspecto amenazante.
Sin embargo, su expresión traslucía algo bien distindo, una mezcla de fascinación y miedo.
Sus ojos se dirigían al cielo, justo tras el joven enclenque al que momentos antes habían estado a punto de aplastar.
Una enorme explosión, alteró el ya de por si delicado estado de Reo.
La muchedumbre se encogió asustada, el firmamento se convirtió en un reflejo blanco puro por unos instantes.
Con miedo y poco a poco el joven giró sobre si mismo al tiempo que se levantaba, mientras el ruido ya le hacía sangrar por los oídos y el calor empezaba a abrasar su carne.
Con esfuerzo levantó sus resecos, escocidos y ardientes ojos hacia el cielo.
Cuando vió el espectáculo, su respiración se paró y su voz no consiguió salir a través de su reseca garganta y ensangrentada boca.
Durante unos instantes el tiempo pareció detenerse para que Reo contemplara la majestuosidad de una de las visiones más espectaculares de la realidad.
- Observa Reo, pocos han tenido el placer de ver lo que estás contemplando y ninguno de ellos ha sobrevivido para poder contarlo -,
con estas palabras la insistente voz arrancaba una carcajada de crueldad que Reo interpretaba como su himno a la muerte.
Profundas lágrimas surgieron de sus ojos mientras contemplaba la aún visible onda de choque sobre la atmósfera.
Un inmenso aro de fuego azulado que aumentaba por momentos en el cielo mientras en el cielo y a tremenda velocidad se acercaba acentuándose a cada segundo más su colosal tamaño, un objeto envuelto en fuego.