Capítulo 4 – Reo (II)

La escalofriante voz continuó con su particular tormento al joven,
- Se dirige hacia ti directamente Reo, ¿acaso no sabes qué es? -,
se burló de nuevo la voz en su cabeza.
- ¡Nooooooo! -, gritó Reo, – ¡esto no tiene sentido!, ¡¿porqué me trajiste hasta aquí?! -.
La voz de Reo era un hilo de impotencia.
- ¿Te traigo a ver el espectáculo más bello que puede observar un hombre en su vida y te quejas? -,
se rió la voz de nuevo.
Reo quedó rebosante de un sentimiento mezcla de rabia, impotencia y terror.
Apretando los puños y los dientes miraba el firmamento mientras de sus ojos las lágrimas no cesaban de brotar, al mismo ritmo que lo hacía la sangre de sus oídos.
El nivel del sonido había alcanzado tal cota que no escuchaba nada, creía haber quedado sordo.
La luz era tan intensa que su visión empezaba a quemarse.
Realmente era el espectáculo más bello que hubiese podido imaginar, sin embargo el hecho de estar asándose no ayudaba a apreciarlo como merecía.
Todo se volvió de un blanco puro, nada se escuchaba, ni tan siquiera sus propios gritos de terror.
Todo a su alrrededor ardía, el enorme valle se había convertido en un infierno, una enorme extensión de fuego, con él dentro.
El sufrimiento llegó a su cota más aguda, a su máxima expresión. Un ser vivo no podía estar sufriendo tanto sin perder el conocimiento, sin embargo Reo, seguía sintiendo.
De pronto un golpe seco, y con él, la nada…….
……..
Vacío total, en una inminente y brusca liberación de sentimientos y sentidos. Reo era neutro, era expansión, era eternidad, era la nada.
- ¿Es esto la muerte?, ¿todo lo que me espera en la eternidad es nada? -,
en medio de la más penetrante oscuridad la dubitativa expresión transferida como voz inerte e inexpresiva del recuerdo de Reo sonaba, hueca, sin fuerza, casi incorpórea, insustancial.
- ¿Estoy solo?, ¡eooo! -, casi aliviado de que su fin hubiese terminado de golpe con el mayor sufrimiento que su ser podía aguantar, empezaba ahora a sentir preocupación por saber dónde estaba y qué se suponía que debía hacer.
- No estás solo Reo -, esa voz era familiar, y aunque sonaba más potente que de costumbre, como más cercana, seguía helando todo su ser.
- ¿Eres tú, Dama? -, preguntó Reo con miedo, horrorizado ante esa posibilidad.
- Sí soy yo Reo. Pero no temas, no vengo a acabar contigo -, a lo lejos, mientras el recuerdo de Reo captaba esta expresión, en medio de la impenetrable oscuridad de la nada, apareció un cuerpo con luz propia, de un blanco mortecino, titubeante.
- De momento no estás preparado para verme Reo, ya llegará tu momento -, siguió la voz de la Dama, que desde tan gran distancia se asemejaba a la pequeña llama de una vela en medio de la inmensidad.
- ¿Y porqué razón estoy aquí?, ¿porqué me llevaste a mi fin?, ¿qué se supone exactamente que pasó?, no sé porqué tanta gente corría como posesa, tampoco sé que vi en el cielo, y aún menos sé donde estoy. ¿Qué quieres de mi? -.
Reo atropelladamente transmitía así las imágenes que como flashes del horror, ecos de una pesadilla, recordaba.
- Reo, lo que viste es el eco del pasado. Un eco poblado de susurros del recuerdo. Voces que progresivamente aumentan su intensidad, y en estos momentos ya se convirtieron en gritos de advertencia -, explicó la Dama.
- No lo entiendo, ¿de qué advierten?, y ¿porqué solo yo los oigo? -, Reo parecía cada vez más perdido, más desconcertado a cada palabra que el misterioso ser le transmitía.
- Pocos escucháis. El ser humano está ciego, y eso le conducirá a su fin en su autocomplaciencia. El hecho de que lo ocurrido esté a punto de lanzar a perder todo el proyecto, de que esté llevando al borde del precipicio todo el proceso, nos lleva a ponernos en contacto contigo -, continuó la Dama.
- ¿Qué proyecto?, ¿qué precipicio? -, la mente del joven trabajaba al máximo de sus capacidades, y su preocupación aumentaba por momentos.
- Reo, debes estar alerta. No puedo decirte más, sólo tú puedes detener lo que comenzó como has visto -, la pequeña luz mortecina se alejaba, y poco a poco se perdía extinguiéndose en la nada a medida que pronunciaba estas palabras.
- ¿Pero cómo voy a hacer nada si acabo de morir?, ¿cómo voy a salir de aquí? -, la exasperación de Reo era evidente.
Ya en completa oscuridad de nuevo, la voz de la Dama, ahora más lejana que nunca zanjó la conversación.
- No estás muerto Reo, vuelve a tu casa. Pero debes partir. Sé que puede resultarte muy duro, pero tu destino debe empezar en Targoviste -.
El joven quedó helado ante esta última frase.
- ¿Debo partir?, ¿y qué se supone que encontraré?, ¿qué se espera de mi?…….. ¿Dama? -, su desesperada llamada sólo encontró el más profundo de los silencios por respuesta.
- ¡¡Damaaa!! -.
- ¡¡Damaaa!! -, Reo despertó empapado en sudor sobre su cama. Era de noche, no sabía las horas que habían pasado desde que estaba de pie ante el ventanal de la casa pero llevaba la misma ropa. Estaba sólo tapado por una fina manta en medio de la fría noche.
La débil llama del candil que tía Reggina siempre dejaba al lado de su cama provocó que como un torrente de imágenes llegaran a su mente todos los detalles de su última visión y posterior conversación con la Dama, embotando sus sentidos, colmando su consciencia hasta el punto de poner al joven en el límite de la realidad.
Ante esto se dió cuenta de que sangraba a través de sus oídos, nariz y boca.
Rápidamente se levantó de un salto tambaleándose al hacerlo, mientras al otro lado de la puerta a través del pasillo de la primera planta, los pasos apresurados y siempre pesados de tía Reggina acompañaban a la siempre dulce voz de la buena mujer.
- Reo, ¿ya despertaste? -.
Tras dos ligeros golpes en la puerta como pidiendo permiso, tía Reggina entró en la habitación portando una vela en la mano que iluminó considerablemente la estancia.
- Llamé al médico y …. -, la mujer quedó parada en seco al ver la decisión con que Reo preparaba su ropa y recogía algunas de sus pertenencias como preparándose para marchar.
- ¿Qué haces Reo?, ¿qué te pasa? -, preguntó con voz preocupada tía Reggina.
- Debo marchar tía, lo siento no me puedo entretener. Te lo explicaré todo cuando pueda mandarte una carta. No te preocupes, estaré bien -, mientras decía esto, el joven no paraba en su afán de partir cuanto antes.
- Pero…, ¿te vas de verdad?. Reo, explícame algo -,
tía Reggina traslucía su horror en la voz mientras caminaba detrás del joven en un desesperado intento de entender qué ocurría.
El joven ni tan siquiera contestó mientras tía Reggina corría tras él al bajar las escaleras intentando detenerle y pidiéndole explicaciones.
Era normal que Reo no contestara, puesto que en su mente sólo escuchaba el bullicio de centenares de voces que le advertían más que nunca en su vida.
Le producían tal dolor, le llevaban a tal extremo y forzaban tanto su resistencia y su cordura, que a través de sus oídos, nariz y boca no cesaba de brotar sangre, reflejo de su estado al límite.
Entre todas esas voces, ininteligibles para Reo, una sonaba más alta, más firme, más clara,
- ¡Corre Reo, apresúrate y no ceses en tu empeño! -.
Con expresión tensa pero decidida, con la mandíbula y puños apretados, su cara desencajada por el esfuerzo, empapado en sudor y tambaleándose, el joven arrastraba sobre su hombro el saco con sus pertenencias ajeno a todo lo que le rodeaba.
Cuando abrió la puerta, un intenso frío le caló hasta los huesos, enfriando el sudor.
Una densa niebla se arrastraba a ras de suelo tapando a la altura de los pies allá donde se posaran sus pasos.
El cielo estaba totalmente despejado, sobrecojedora y bellamente estrellado, y entre tanta estrella, una enorme luna llena parecía hechizar el mundo deteniéndolo a su antojo en una profunda oscuridad, aunque comparado con el lugar que Reo visitaba tan sólo unos minutos antes, la noche resultaba cegadora.
El joven se dirigió directamente a Abbreille, el hermoso caballo de pelaje negro que pareció casi sorprendido al ver salir a Reo de casa y más a esas horas.
El pesado silencio de la noche, sólo atenuado por los ligeros pasos del joven y la tenue brisa fría, era alterado repetidamente por tía Reggina, que desesperadamente insistía, en pleno desconcierto,
- Pero Reo, ¿qué te pasó?, estás sangrando y débil, ¿a dónde vas? -.
Reo ensilló al caballo, y cuando ya se disponía a subir a la grupa de Abreille, cuyos ojos miraban a tía Reggina con expresión divertida, pareció raparar en la mujer.
Sus ojos recuperaron su habitual ternura, dejó de escuchar voces y dejó de sangrar.
- Tía, lo siento pero debo marchar. Te lo explicaré todo por carta, no tengo más tiempo que perder -,
un dulce beso en la mejilla de tía Reggina provocó el inminente y desgarrado llanto de la mujer.
- Vuelve Reo, promete que volverás -, insistió tía Reggina entre sollozos.
Reo asintiendo con un gesto de cabeza la tranqulizó,
- Volveré, no te preocupes, estaré bien -.
Giró dispuesto a subir a lomos del caballo cuando un leve sonido de aleteo alteró la paz del momento.
Un sentimiento de miedo llenó el corazón de Reo, que giró bruscamente su cabeza hacia el cielo.
El aleteo aumentaba en intensidad como una bandada de murciélagos acercándose.
Sobre la luna incontables sombras aumentaban de tamaño, acercándose a velocidad de vértigo acorde con la cual aumentaba el sonido, recordándole a Reo en cierta manera la experiencia vivida esa misma noche.
Abbreille se encabritó asustado, mientras a su lado de nuevo con su particular tic trasluciendo, Reo miraba aterrorizado la decenas de sombras, que como demonios se cernían sobre sus cabezas.
Tía Reggina y Reo cayeron al suelo cubriéndose la cabeza en un vano intento de escapar a aquella situación.
Pronto pasaron de largo, sin parar, a gran velocidad, alejándose en el horizonte.
Reo se levantó, y calmó a Abbreille acariciando su cuello y tras sus orejas, sin atreverse a mirar el cielo.
Temblando aún, con gran esfuerzo consiguió subir el saco de sus pertenencias al caballo, y después subió él.
Sin tan siquiera girarse una sola vez cogió el camino que bordeaba el río Olt, camino de su destino.
Sola en medio del silencio de la noche, llorando en silencio, con ojos asustados miraba tía Reggina la sombra que vagaba alejándose de ella.
Así quedó, en el suelo llorando durante horas, hasta que el sol de un nuevo día asomó en el horizonte, iluminando las tinieblas de lo que para ella era un nuevo mundo, una nueva vida.
Mientras, Reo cabalgaba a paso lento en silencio, arropado por la oscuridad de los árboles y junto al embriagador susurro del transcurrir del río Olt.
Así empezó a buscar su destino, sin saber lo que le deparaba Targoviste, sin sospechar lo que llegaría a conocer.