Capítulo 5 – La leyenda de un pasado (I)

Los siguientes días fueron extraños, prácticamente como una pesadilla.
Eric y su abuelo Siloy, ante los recientes hechos decidieron moverse hacia un nuevo destino, ignorando si la muerte y el terror les persiguirían.
De día caminaban a buen paso entre frondoso bosque, o escarpada montaña, pero nunca por caminos, huyendo de cualquier contacto humano, al menos mientras sus almas no perdonasen su propia naturaleza.
El joven aún seguía preguntándose “por que”, seguía pensando sin parar acerca de lo que había ocurrido, y sabía que no debía, que tal vez era mejor la ignorancia, seguramente no le gustaría conocer la verdad, puesto que sospechaba que lo ocurrido debía tener una razón mucho más terrorífica que los hechos en si. Sabía que el responsable podía llegar a destrozarles mucho más de lo que ya había hecho.
Caminaba al ritmo que su sangre marcaba, casi inconscientemente.
Junto a su abuelo, ambos continuaban sus pasos por pura inercia, aún huyendo del horror.
Prácticamente no cruzaban palabra, ambos pensativos. Si alguien se hubiese cruzado con ellos, por su aspecto y actitud le habría parecido ver una aparición fantasmal antes que a dos personas en busca de un nuevo comienzo.
Tan sólo en contadas ocasiones, cuando sus tripas protestaban con renovado ahínco, y el dolor del hambre les llevaba al límite, se tomaban un pequeño respiro, para buscar algo de comer y reponer fuerzas, saciando, aunque fuera por poco tiempo el profundo vacío que en su interior había quedado.
Ni tan siquiera en estos breves momentos, el pequeño Todd recibía los hasta no hacía mucho tiempo habituales juegos y caricias que Eric solía compartir.
Sin embargo el cachorro parecía entender la situación, sabía que Eric sufría en extremo, y por eso siempre que podía se le acercaba rozándose contra su pierna, lamiéndole la mano y moviendo su pequeña cola, compartiendo su vida y reforzando poco a poco el corazón del joven, un corazón que necesitaba ser reparado.
Para Eric, era difícil dar cada paso y le resultaba extremadamente pesada cada una de las bocanadas de aire. Era joven, sí, pero su alma había perdido todo rastro de vitalidad e inocencia en el instante en el que algo en su interior estalló y le hizo correr sin freno.
Algo había pasado en su ser, que había recubierto de oscuridad toda su alma, cubriendo con un impenetrable manto la luz que su simpatía e inocencia de niño habían conferido a los suyos las ganas de vivir día tras día, y las fuerzas e ilusión necesarias para ver en el humilde mundo en que vivían, un escenario de oportunidades, un mundo de posibilidades en el que cada día podía ocurrir cualquier cosa.
Ahora, los llantos del pequeño Tory resonaban aún sin cesar en su cabeza, y su vida se había convertido en una pesada losa que no deseaba soportar, que en cualquier momento acabaría por aplastarle.
En ocasiones, durante su caminar, Eric rompía a llorar. Sólo en esos momentos Siloy sacaba fuerzas de flaqueza para abrazar a su nieto hasta que este paraba de llorar y seguían en su empeño, silenciosamente, como llevados por una fuerza ajena que empujara sus cuerpos inertes, llegando cada vez más lejos, hora tras hora, día tras día, sin rumbo, vagando por un vasto mundo, del cual ya no sabían qué esperar.
Corría la octava noche de su inexorable búsqueda hacia un nuevo comienzo, y como cada una de las anteriores, Siloy había preparado una pequeña hoguera con resecas ramas que su nieto había encontrado esparcidas por el suelo en los alrededores de allí donde el viejo había considerado óptimo para descansar.
Se encontraban en una escarpada cordillera de altísimos picos, cuyas cimas estaban cubiertas por un inmaculado manto de blanca y fría nieve.
Acurrucados frente a la escasa fuente de calor, bajo una frondosa cúpula de vivas ramas, que amortiguaban en buena medida el frío de la noche, se disponían a descansar en lo que pensaban podía ser una de las últimas jornadas de su dura travesía a la intemperie.
Acababan de comer algunas hierbas, acompañando a un pequeño conejo que había logrado alcanzar el bueno de Todd, y que Siloy había asado a conciencia para poder reponer fuerzas en una comida como hacía días que no disfrutaban.
A Eric ese conejo le pareció el manjar más delicioso que había comido en su vida, y tanto él como el viejo Siloy lo deboraron con rapidez consiguiendo saciarse con tan poca cantidad.
Obviamente Todd tuvo también su parte del festín, recuperando las fuerzas que había utilizado para cazar a su presa.
Un ponzoñoso sueño les invadía con el estómago lleno, acurrucados los tres, captando el calor del fuego, entre las titubeantes sombras de los grandes abetos bajo los cuales se refugiaban.
La noche transmitía una hipnótica melodía de suave viento agitando las ramas, dulces susurros de animales nocturnos y leve crepitar de la reseca madera al contacto con las llamas.
Siloy, aprovechando el oportuno momento, decidió que tal vez era bueno que su nieto conociese las historias que él mismo recordaba haber escuchado de la voz de su abuelo:
- Estoy seguro que no sabes la historia de este bosque, Eric -, empezó Siloy.
- Pues la verdad es que no abuelo, pero debe encerrar secretos e historias incontables-.
- De eso estoy seguro. Pero yo sólo sé una pequeña parte de lo que se cuenta de este lugar, y todo lo que se cuenta, seguro que es tan solo una pequeña porción de todo lo que encierran estos árboles y estas rocas. De momento te voy a contar aquello que yo conozco.
Aún recuerdo vivamente la voz de mi abuelo mientras me contaba lo que te voy a confiar a ti, muchacho -.
Mientras la dulce y suave voz de Siloy abrigaba a Eric, este se sumía en las palabras de su abuelo al tiempo que miraba las llamas, visualizando con facilidad aquello que le estaba siendo transmitido.
- Hace más de cincuenta años, cuando yo tan sólo era un niño, mi abuelo me contó la leyenda de este bosque.
Esta historia siempre se ha considerado de suma importancia, y por razones que se me escapan, se ha transmitido a lo largo de muchas generaciones, asegurándose de que nunca se pierda. Es por eso que debes prometerme, al igual que yo le prometí a mi abuelo, que un día contarás esto a tus hijos, y a tus nietos -
La curiosidad empezaba a embargar a Eric.
- Te lo prometo abuelo, pero empieza ya, que quiero saber más -.
Siloy empezó su relato:
Cuentan que antes de que existiese cualquier asentamiento humano en este mundo, cuando el hombre aún no era tal como hoy lo conocemos, cuando la palabra aún no había salido de su boca, ni sus manos se habían enseñado a agarrar, que algo importante sucedió y trajo consigo cambios irreversibles que llegan hasta nuestros días.
Fue entonces, cuando todo era puro y el sonido de la tierra no se veía alterado por nada ni nadie, cuando desde donde nadie sabe, desde un lugar aún hoy desconocido, llegaron a este bosque dos pequeños seres.
Ambos similares, hermanos seguramente.
Cuentan que los viejos animales y las sutiles voces del bosque aún les recuerdan, repitiendo sus nombres y añorando su compañía.
Gracias a esto algunos sabios y hombres capacitados pudieron conocer su historia y hoy podemos saber lo que ocurrió, sin caer en el olvido.
Dos seres llegaron, de donde nadie conoce. Ambos seres extraños, nunca antes vistos. Su piel, cuentan, era de un color grisáceo, ceniza. Sus ojos eran profundos, como pozos de eternidad, encerrando una sabiduría eterna, tan eterna como la propia realidad,
Sus manos y pies eran ligeramente grandes en proporción a sus pequeños cuerpos, tal vez debido a su corta edad.
Pequeñas protuberancias surgían de sus espaldas, casi a la altura de los hombros, así como de sus sienes.
Pero su aspecto no era lo más llamativo de estos seres.
Para todo animal, ver otro ser sin ningún tipo de pelaje, le resultaba extraño, incluso podía llegar a ser desagradable. Pero si a esto le añadimos su extraña forma de caminar, pasaba a ser terrorífico.
Mientras caminaban, sus pies desgarraban el suelo anclándose como raíces en la tierra. Esto, provocaba graves problemas en lo pequeños animales, sobretodo en aquellos que hacían sus madrigueras o nidos en alto, y descubrían con desesperación que estos seres caminaban por paredes escarpadas, y de dura roca, con la misma naturalidad que lo hacían por tierra.
Sus grandes dotes de adaptación e infinitas posibilidades que les conferían los inagotables recursos de su propia naturaleza permitieron que su supervivencia en esos primeros pasos no fuese más que un mero trámite.
Dice la leyenda además que en muy poco tiempo dominaron todo el bosque, campando a sus anchas después de ganarse el respeto de todos y cada uno de los animales, pero en particular se encariñaron con uno, hasta tal punto de unirse a ellos y ser con ellos una pequeña família.
En concreto se encariñaron de los murciélagos, con los cuales dormían imitándoles al anclarse al techo de sus cuevas, imitándoles en su gusto por la sangre al alimentarse de la de muchos animales, e incluso cuentan que llegaron a entenderles, hablar su misma lengua, adquiriendo sus dominios y siendo considerados como sus líderes con los cuales poder dominar en el duro mundo que les rodeaba.
Pronto fueron conocidos más allá de los límites del bosque, y sabiendo de su firmeza y buen hacer en su reino, más murciélagos llegaron a sus dominios, uniéndose a su particular família, y rindiendo obediencia a estos dos seres, que parecían haber encontrado su lugar en un mundo diferente.
Sus nombres, aún hoy resuenan en cada rincón de estos parajes.
Hasta nuestros días, llegan sus ecos, y según la tradición se llamaron, Carzas y Phento.