Capítulo 5 – La leyenda de un pasado (II)

25 Junio 2008 at 2:51 pm (1ª parte, Capítulo 5)

Los años pasaban y paulatinamente ambos seres se desarrollaban a un ritmo lento, muy lento para el resto de seres vivos, cuyas vidas pasaban, y no suponían nada más que fugaces destellos de luz que se apagaban rápidamente mientras la potente llama de su naturaleza crecía inexorablemente con el tiempo.

Muchas generaciones pasaron con esta situación, mientras ellos se desarrollaban progresivamente tanto física, como psicológicamente.
Sus cuerpos desnudos, a la luz del día eran difíciles de ver, puesto que raramente dejaban reflejar la luz del sol sobre su piel, que parecía deshacerse al contacto con su luz, afectándole sobremanera, y no aguantando por mucho tiempo su exposición.

Sin embargo, de noche reinaban a sus anchas. Sus cuerpos con el tiempo se tornaron mucho más grandes y atléticos, de anchas espaldas, fuertes y duros músculos, altura considerable y presencia intimidante.
En aspecto eran similares, hasta el punto de ser prácticamente imposible distinguirlos, de no ser por una diferencia que obviaba su personalidad.
Las protuberancias de las sienes se desarrollaron en Phento tremendamente convirtiéndose en dos impresionantes astas, que le conferían un aspecto aún más amenazador si cabe, mientras que en Carzas, tan sólo se desarrollaron unas pequeñas astas curvadas, que en lugar de amenazantes, le conferían un aspecto majestuoso.


Esta era la única diferencia evidente a los ojos de los demás seres vivos.
Por otra parte, las protuberancias de sus alas se convirtieron en majestuosas alas, caprichosamente parecidas a las de sus amados murciélagos, aunque de un tamaño descomunalmente mayor.
Gracias a ellas, compartían agradables vuelos y les permitía llegar rápidamente a cualquier lugar de sus dominios, ampliando los mismos a medida que sus capacidades iban a más.

Sin embargo, en el aspecto psicológico eran muy diferentes.
Al parecer ambos eran la antítesis del otro y eso provocaba habituales peleas entre ellos.

Al principio riñas de dos jóvenes seres, que aunque de inmensas capacidades, no representaban una seria amenaza y se producían por nimiedades sin importancia.
¿Qué supone la riña de dos cachorros por comerse un trozo de carne?
Con el tiempo, sus mentes se complicaron, madurando ideas y posturas. desarrollaron habilidades y capacidades, y aunque sus peleas se producían en menor número, estas empezaron a suponer un grave peligro para su entorno, y para ellos mismos.
Con el tiempo podían llegar a ser un peligro mucho mayor de lo imaginable.
¿Hasta donde puede llegar una disputa entre dioses?

Carzas era de porte altivo, arrogante, casi majestuoso, y su comportamiento era ejemplar.
Conocía la naturaleza de aquello que le rodeaba y sabía que su abuso podía terminar la belleza de su mundo.
Controlaba sus capacidades, y aunque poco a poco se esforzaba por superarse, sabía que era capaz de en un descuido provocar destrucción, dolor y desórdenes en la realidad hasta límites irreparables, irrecuperables.
En su existencia trataba de aprender de todo lo que le rodeaba; de la naturaleza del mundo, las leyes que lo regían, e intentaba mejorar con sus capacidades aquello que le rodeaba.
Por esto, todos los seres vivos le consideraban digno de admiración y respeto. Desde la más insignificante hormiga, hasta el más grande de los lobos, le respetaba y amaba, como respuesta a esa conducta y consideración que cada uno recibía de su parte.
La práctica totalidad de los murciélagos le adoraba, considerándole su líder, dejando a Phento en un segundo plano que a este le disgustaba sobremanera, pero que no tenía más remedio que aceptar.

Phento, potenciaba más sus capacidades físicas. Era un portento en este aspecto, sin embargo esto no le servía para ser mejor que Carzas.
Más bien al contrario, Phento parecía ser el lado oscuro del alma de su semejante.
Ruin y mezquino, utilizaba sus habilidades en provecho propio con fines egoïstas y delirantes hasta el límite de la cordura.
Atacaba a muchos animales sin motivo, simplemente por ejercitarse, por diversión, o por el placer de beber su sangre.
Su sed nunca parecía aplacarse, y su descontrol en este aspecto produjo miedo en el resto de los animales.

Mientras que a Carzas todos le respetaban y adoraban, de Phento huían de terror.
Provocaba infinito dolor, odio y desolación a su paso, y con el tiempo. pareció caer preso de una locura ciega que le impedía parar de destrozar.
Tan solo la voluntad de Carzas y sus palabras parecían hacerle reflexionar, al menos al principio.
Con el paso del tiempo, su mente empezó a plantear un problema incluso para Carzas, quien sabía que tarde o temprano sucedería algo que escaparía a su control.

Casi sin percibirlo, los dos seres pasaron prácticamente 20 siglos humanos en los cuales Carzas y Phento continuaron dominando, con la situación inamovible.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad, Phento llevaba tiempo convencido de su superioridad, amargado por el respeto que recibía Carzas, obsesionado por ingerir ingentes cantidades de sangre y regocijarse de su poder, y sobretodo, ansioso por dominar todo lo imaginable.

Amaba a Carzas, a pesar de su odio hacia el resto del mundo, de manera inexplicable, le amaba, pero sabía que debía hacerle desaparecer para poder dominar a sus anchas.
Si tanto tiempo había aguantado esa situación era porque en el fondo temía a su semejante.
Sabía de su superioridad física, no obstante temía la inmensidad de Carzas, su mente que parecía la eternidad de la realidad. Era una inmensidad tal, que empequeñecía sus enormes capacidades.
Pero el tiempo le podía dar la respuesta. Sabía que a pesar de que el resto de seres habían ya invertido decenas de generaciones, ellos aún eran muy jovenes, y el tiempo era un aliado para poder elaborar un plan adecuado, un golpe seguro.

Durante sus vuelos, Phento imaginaba dominar todo lo que su vista abarcaba, regocijándose en su poder, fantaseando con la posibilidad de extinguir las insignificantes llamas de vida que en este mundo pululaban, y quería hacer realidad ese sueño, esa fantasía.
Crear vida, quitar vida, ese era el mayor poder, el poder de alterar la presencia en el mundo y Phento sospechaba que Carzas era capaz de crear y apagar vidas a su antojo, no como él, que necesitaba matar para aniquilar la vitalidad de un cuerpo, y además no podía crear.

Más de una vez le habló de esto a Carzas, pidiéndole que lo hiciera para él, quería verlo, quería despejar sus dudas, pero sobretodo quería aprender, y sabía que sin Carzas nunca sería capaz de alcanzar su sueño.
Tal vez por eso se obsesionaba tanto en matar, enloquecía con destrozar la belleza del mundo y se horrorizaba de que en la naturaleza existiesen creaciones tan perfectas como los animales.
Llegó a tal punto su locura que un día tuvo que marcharse, apartarse de los demás seres y huir lejos, sólo, a donde pudiera encontrar paz a su ser.

Carzas sabía del sufrimiento de Phento, a pesar de ser el cuerpo más perfecto, el físico más poderoso y el espíritu más inquieto de cuanto conocía, sabía que el hecho de poseer esa inquietud le confería una naturaleza ávara, irreflexiva.
Phento no comprendía las proporciones de las cosas, ni la naturaleza de las mismas, y esto entristecía a Carzas, a quien le hubiese gustado mostrar a su semejante lo que él veía.

Efectivamente Carzas era capaz de crear y extinguir, de manipular y elegir, sin embargo sabía que no debía alterar lo hecho, debía dejar que el curso de lar realidad continuara sin alteraciones, puesto que su manipulación podía llegar a desencadenar el fin de toda la realidad.
Cada ser, cada vida, cada brisa de aire, cada gota de agua, cada grano de arena, cada grado de calor, cada segundo de tiempo, y cada dimensión de la realidad ocupaba su sitio; la naturaleza se mantenía en un perfecto equilibrio y cada cosa se encontraba en su justa medida.
Carzas no debía alterar esto y lo sabía, por eso evitaba transmitir ningún conocimiento a Phento, los resultados podían ser desastrosos.

Phento voló, y lo hizo lejos, mucho más de lo que en su vida había llegado. Envuelto en un halo de oscuridad, evitó que el sol bañara su cuerpo y llegó a un paraje devastado, escarpado, totalmente desierto.
Allí, decidió, sería un buen lugar donde su naturaleza podría encontrar su verdadera razón de ser.
Rodeado del inmaculado blanco de la nieve, su frío parecía calmar la atormentada alma del vil ser.
Adentrándose en las profundas cavidades que le condujeron al corazón de escarpadas montañas, muy al norte de lo que desde que llegara a este mundo supusiera su hogar, se sumió en la más absoluta oscuridad, aislado del mundo, y allí permaneció durante mucho tiempo, en un estado de absoluta parálisis, intentando resolver su situación.

Mientras, Carzas sabía que tarde o temprano un vendaval de destrucción surgiría del norte, puesto que ya conocía las respuestas que encontraría Phento.
Su aflicción aumentó con el tiempo, sin embargo, sin Phento el mundo floreció, surgieron nuevas especies y la vida brilló con más fuerza que nunca.

El mundo entero llegó a pertenecer a Carzas, casi sin querer, su influencia se extendió allí donde había vida y aunque absolutamente todos y cada uno de los seres vivos conocía de su existencia y le rendía admiración y seridumbre ante su sola existencia, Carzas se dedicó a contemplar la vida, la realidad y su curso.
Su sabiduría alcanzó su influencia y la sobrepasó con creces llegando más allá de lo que él mismo imaginaba alcanzar en un principio, y eso le consoló.

Varias eras pasaron, el mundo sufrío cambios, pasos de ciclos naturales, y con ello surgieron nuevas naturalezas, nuevas especies, nuevos conocimientos que adquirir, y del mismo modo desaparecieron otros.

Entonces sucedió algo que no preveían, una variable nunca antes surgida en el global del mundo, al menos no sucedida después de la llegada de Carzas y Phento.
En medio de la homogeneidad de la vida, de la tranquila balsa que suponía la realidad de un mundo en perfecto equilibrio, sucedió algo que atrajo la atención de Carzas.

Un nuevo ser caminaba sobre la tierra. Esto, por si solo no debía suponer nada nuevo, puesto que sucedía a menudo, sin embargo esta vez era diferente, este ser era distinto, tenía algo de extraordinario, que lo distinguía del resto de los seres vivos.
La curiosidad de Carzas se transformó en preocupación al descubrir su auténtica naturaleza, al ver de lo que era capaz. Al fin llegaba al mundo alguien que no se adaptaba al mundo, sino que lo adaptaba a si mismo. Este ser, podía cambiar la realidad.

Al igual que a Carzas, esto no pasó desapercibido para aquél que descansaba en el corazón del mundo, el que en medio de la oscuridad buscaba respuestas.
De repente, un rayo de luz pasó por su mente.
Y unos terroríficos ojos, pozos de oscuridad sin fin, se abrieron en el averno de nuestro mundo.

Escribe un comentario