Capítulo 5 – La leyenda de un pasado (III)

Cuando Siloy pronunciaba estas últimas palabras, un intenso trueno rugió en el cielo, rompiendo la tranquilidad de la noche, rasgando el hipnótico estado de Eric y sobresaltando a las tres solitarias figuras que se acurrucaban bajo un frondoso manto de ramas, en medio de la noche.
Casi de inmediato, una tormenta de desatadas proporciones sobrevino con ímpetu empapando rápidamente todo aquello que abarcaba.
- Será mejor que busquemos un refugio Eric, así no podemos pasar la noche, y si no lo conseguimos pronto, podemos acabar enfermando. El frío de la noche y la lluvia no son buenos para mis huesos -.
Esto decía el viejo Siloy mirando fíjamente el escaso fuego que quedaba y que poco a poco se apagaba con cada gota de agua que le golpeaba, hasta que finalmente quedaron a oscuras, totalmente expuestos al frío y la lluvia.
- Abuelo, creo que más allá de estos árboles pueden haber abrigos en los muros de piedra que vemos allá a lo lejos -.
Eric parecía preocupado de la situación en la que se encontraban, puesto que no parecía una tormenta pasajera. En aquellos lugares las aguas caían con fuerza durante días en muchas ocasiones.
Cogió a Todd entre sus brazos, cubriéndole del torrente de agua que sobre ellos se cernía y a paso ligero empezaron a dirigirse hacia los escarpados picos de la montaña, en cuyas cimas la nieve les observaba como recuerdo del intenso frío que sobre ellos recaía.
Sacando fuerzas de donde no creían tenerlas avanzaron intentando refugiarse en buena medida bajo la cúpula de ramas que el bosque les proveía. Sin embargo la insistente lluvia ya pasaba por entre las mismas, bañando el suelo, repiqueteando sobre las rocas y sobre sus cabezas.
Un fuerte viento se levantó sobre la montaña, aullando cual manada de enormes lobos, helando sus empapados cuerpos, encogiendo sus heridos corazones, y sobretodo dificultando sus titubeantes pasos.
Lo que eran apresurados y ligeros pasos, pronto se convirtieron en pesadas y tortuosas pisadas sobre el fango o la resbaladiza superfície de la roca.
Los fuertes rugidos de la tormenta, acompañados de los esporádicos aces de luz que rasgaban el cielo conformaban la tenebrosa escenografía, la escabrosa marcha de dolor de estas dos tristes almas, y poco a poco minaban las fuerzas y esperanzas de sus últimas bocanadas de aire.
Aún lloviendo con la misma intensidad, alcanzaron el linde del frondoso bosque quedando más que nunca a la intemperie, más cerca que nunca de la inmaculada nieve, y más expuestos que nunca al frío y la lluvia.
- Vamos abuelo, estoy seguro de que pronto vamos a encontrar refugio donde descansar -, animó Eric a Siloy.
- Eso espero muchacho, eso espero -.
Mientras el pequeño Todd permanecía quieto entre los brazos de Eric. Tan sólo ocasionales temblores delataban su frío. Escondía su cabeza bajo el brazo del joven, buscando el tan anhelado refugio.
Acercándose cada vez más a las escarpadas paredes de la montaña, los desnudos peñascos se convertían progresivamente en gigantescas moles de roca, altas y amenazantes como enormes gigantes que parecían mirarles con desprecio y mofa desde su privilegiada posición.
Eric creía ver terroríficos seres en cada uno de los oscuros recovecos de la roca, y esperaba con miedo encontrarse de repente entre la oscuridad con unos ojos inquietantes que esperaran para acabar con su vida.
Bajo el estruendo de la lluvia al caer y golpear sobre la montaña llegó un momento en el cual no escuchaban ni sus propios pasos. La cortina de agua alcanzó tal densidad que aun acercándose a los muros donde debían encontrar refugio, los perdieron de vista, divagando a ciegas, más por intuición que por certeza.
Pusieron a prueba su orientación y al límite sus sentidos más primarios de supervivencia.
- Tan sólo es agua -, se decía Eric a si mismo, sin embargo el frío y la lluvia ya le habían dejado realmente exhausto y no sabía si alcanzaría su objetivo. Su situación empezaba a ser preocupante.
A su lado, Siloy, entrecerraba los ojos en un inútil esfuerzo para lograr ver a través de la cortina de agua.
- No debemos estar muy lejos -, gritaba el viejo a su nieto para hacerse escuchar sobre la lluvia.
- Eso mismo creo, siempre que hayamos seguido el camino correcto, claro -.
- Ánimo muchacho, un poco más y habremos llegado -.
- Creo que deberíamos apretar el paso, no creo que aguante mucho más esta lluvia, y parece que no va a parar pronto -, advirtió Eric a su abuelo.
- Vamos -, y dicho esto, Siloy cogió con fuerza la mano de su nieto tirando de él hacia delante.
Subieron por la resbaladiza cara de la montaña, ayudándose mútuamente. Eric con cuidado de no dañar a Todd que ajeno a su situación dormía acurrucado entre sus brazos, y Siloy por su parte, más atento de Eric que de si mismo, dió varias veces con su cuerpo en la roca al resbalarse, produciéndose algunas heridas sin importancia.
Con el ascenso, la roca se convirtió en improvisado lecho de rápidos riachuelos que con fuerza dificultaban el avance de las dos fatigadas figuras.
Finalmente alcanzaron la pared de la montaña, topando con ella sin esperarlo, apareció frente a ellos de repente, un inmenso corte de roca totalmente blanca, y de un liso antinatural, parecía imposible una pared de tal perfección en una montaña común.
Cuando alzaron la vista, a su lado vieron con absoluto sopor, una gran cascada que parecía formada por la acumulación de las aguas en la parte superior a la pared, donde los riachuelos se habían convertido en ríos al unirse la lluvia con las frías aguas del deshielo, que en esta época no debía ser aún muy acusado.
Aún con la boca abierta admiraban el sobrecogedor espectáculo, seguramente observado por primera vez por el ojo humano.
- Estoy seguro, que esta cascada aún no ha sido vista nunca por nadie -, le dijo Siloy a su nieto.
- Mereció la pena mojarse un rato -, contestó Eric, y ambos rieron con fuerza, como liberados de su peso, con gran alivio al saberse a salvo.
Por primera vez en muchos días encontraban algo hermoso en el mundo, y una sensación de calidez invadió sus corazones.
Habían llegado al punto que se habían fijado, pero ahora debían encontrar un refugio, y eso no iba a ser fácil.
Bordearon la inmensa caída de agua que comprendía varios centenares de metros de anchura, abarcando en aquél momento la práctica totalidad de la lisa pared.
Admirando su gran belleza caminaron bañados por la lluvia, por la salpicadura de la cascada en su caída, y metidos hasta casi las rodillas en el agua que procedente de la cascada se desparramaba como el precioso cabello de una dama sobre la desnuda roca de la montaña.
El recuerdo de Emilly asomó en el corazón de Eric, que de repente volvió a llorar.
- ¿Qué te pasa Eric?¿por qué lloras ahora? -, preguntó Siloy con tono preocupado.
- A mamá le hubiese gustado ver esto, ella siempre decía que las cosas más bellas, sólo se encuentran en la naturaleza, que el hombre sólo podía intentar reproducir copias inexactas de lo hermoso del mundo -.
Siloy abrazó a Eric mientras las lágrimas surgían de sus ojos y resbalaban por sus mejillas, compartiendo la ternura del momento con su nieto.
Eric continuó,- cuando me decía esto, recuerdo que sus ojos brillaban con gran emoción, siempre quiso marchar y ver maravillas, pero prefirió quedarse con papá -.
- Su amor era hermoso Eric -, contestó Siloy, – en ocasiones hay que elegir entre varios caminos, eso nos hace ser lo que somos, nos lleva hacia nuestro destino, y forja nuestra alma. Tu madre eligió el amor frente a todas las maravillas del mundo, y estoy seguro que nunca se arrepintió, puesto que fué feliz con tu padre, y más aún cuando llegásteis vosotros dos, tanto tú, como Tory -.
Eric, más calmado, como habiendo cicatrizado parte de la profunda herida que se hundía en su alma preguntó a su abuelo.
- Abuelo, ¿crees que les volveremos a ver?,… es decir, cuando terminemos nuestro camino, ¿estaremos juntos de nuevo? -, las palabras del joven conmovieron a Siloy.
- Por supuesto Eric, es más, estoy seguro de que están viéndonos donde sea que estén. Ten por seguro que el amor nunca muere, incluso cuando la otra persona marcha, el vínculo hace que se quede en parte con nosotros, y si sabemos como, podemos sentirle a nuestro lado al recorrer nuestro camino.
- ¿Y cómo debo buscar abuelo?, ¿dónde puedo dirigirme? -, preguntó ansioso Eric.
- Sólo tienes que buscar en ti mismo, profundizar aquí… -, y con ternura, posó su dedo índice sobre el corazón de Eric, – ahora sigamos -, y diciendo esto siguió caminando bajo la intensa lluvia.
Eric le siguió, pensando en las palabras de su abuelo y en gran medida agradecido de que Siloy estuviese a su lado. Sabía que él sólo, nunca hubiese sobrevivido, de eso estaba seguro.
Después de esto, los pasos les fueron más llevaderos, el cansancio y la lluvia formaron parte de un todo que nada importaba, casi como si la cascada por si misma les hubiese devuelto parte de su alma, todo fue mucho más fácil.
Encabezados por Siloy, buscaron con ahínco un refugio adecuado entre los innumerables recovecos de la roca.
La cascada había quedado muy atrás y sus cinco sentidos se centraban ahora en encontrar el abrigo de la montaña, un pequeño agujero en su corteza que les permitiera descansar adecuadamente, pero la tarea resultó más difícil de lo que esperaban.
Casi media noche había pasado desde que les sorprendió el torrente de agua cuando al fin encontraron una abertura en la montaña, en medio de inmensos peñascos, realmente resguardada y escondida.
Parecía profunda, como las fauces de la misma montaña que se adentraran en la garganta del mundo.