Capítulo 6 – Decisiones precipitadas (II)

Agudizó el oído, obligándose a contener su agitada respiración al tiempo que se acercaba a la pared en un vano intento de esconderse.
En esos momentos le huiese gustado poder fundirse con la fría piedra para evitar que lo descubriesen.
Eran pisadas, fuertes pisadas de más de un individuo que bajaban en su dirección.
Unas hoscas voces se escuchaban vanamente, aunque el joven era incapaz aún de descifrar aquello que decían.
Si no hacía algo rápido le atraparían, no tenía mucho tiempo.
Cuando los pesados pasos se encontraban ya muy cerca, la mano de Arthur, con un rápido impulso inconsciente se lanzó hacia la deteriorada puerta. Empujó con todas sus fuerzas pero estaba cerrada.
No tenía más tiempo y tenía que decidir, huía o se enfrentaba a quien bajara.
Su mente quedó en blanco, los pasos se acercaban, las voces se hicieron claras y en cualquier momento asomarían en el recodo de la interminable espiral los cuerpos de aquellos que se dirigían hacia él, sin embargo no lograba reaccionar.
Capítulo 6 – Decisiones precipitadas (I)

A través de estrechos e interminables pasillos, Arthur sólo escuchaba sus pasos acompañados por los de Güüs bajo la ténue, titubeante y esporádica luz de alguna antorcha que como pequeñas islas de esperanza alumbraban su tortuosa trayectoria, dejando entrever las hoscas piedras que conformaban las dependencias inferiores del temible castillo de Targoviste.
Güüs conducía al joven con su mano firme posada sobre su hombro, mientras el silencio convertía cada segundo en un creciente desazón y miedo en el corazón del joven Arthur.
No sabía por qué había hablado así al monarca, y se reprendía dentro de su cabeza una y mil veces por no saber mantener la boca cerrada. El impulso de su juventud le había jugado una mala pasada.
Sabía cual sería ahora su alojamiento, una fría y sucia celda de los subterráneos, y un intenso frío le calaba hasta los huesos provocado aún por la fulminante expresión del monarca cuando se atrevió a hablarle así.
Había escuchado de lo que era capaz Vlad Tepes, y prefería no recordar ni una palabra de aquello que le habían contado para poder conservar un ápice de cordura en aquellos momentos.
A su lado, Güüs le conducía sin ninguna resistencia a niveles cada vez más inferiores.
El joven Arthur notaba como la humedad aumentaba considerablemente, habían accedido a un pasillo que bajaba en espiral, una curvatura sin fin a través de la cual aparecían a su mano derecha, parte interior de la curva, esporádicas puertas terriblemente desgastadas, todas ellas hechas de madera y flanqueadas por dos antorchas.