Capítulo 6 – Decisiones precipitadas (I)

A través de estrechos e interminables pasillos, Arthur sólo escuchaba sus pasos acompañados por los de Güüs bajo la ténue, titubeante y esporádica luz de alguna antorcha que como pequeñas islas de esperanza alumbraban su tortuosa trayectoria, dejando entrever las hoscas piedras que conformaban las dependencias inferiores del temible castillo de Targoviste.
Güüs conducía al joven con su mano firme posada sobre su hombro, mientras el silencio convertía cada segundo en un creciente desazón y miedo en el corazón del joven Arthur.
No sabía por qué había hablado así al monarca, y se reprendía dentro de su cabeza una y mil veces por no saber mantener la boca cerrada. El impulso de su juventud le había jugado una mala pasada.
Sabía cual sería ahora su alojamiento, una fría y sucia celda de los subterráneos, y un intenso frío le calaba hasta los huesos provocado aún por la fulminante expresión del monarca cuando se atrevió a hablarle así.
Había escuchado de lo que era capaz Vlad Tepes, y prefería no recordar ni una palabra de aquello que le habían contado para poder conservar un ápice de cordura en aquellos momentos.
A su lado, Güüs le conducía sin ninguna resistencia a niveles cada vez más inferiores.
El joven Arthur notaba como la humedad aumentaba considerablemente, habían accedido a un pasillo que bajaba en espiral, una curvatura sin fin a través de la cual aparecían a su mano derecha, parte interior de la curva, esporádicas puertas terriblemente desgastadas, todas ellas hechas de madera y flanqueadas por dos antorchas.
Durante largos minutos caminaron sin cruzarse con nadie, en silencio, bajando cada vez más, como si se encaminaran a otro mundo.
La fría sudor hacía temblar al joven que observaba como el eco de sus pasos se hacía mucho más evidente. Se acercaban al final de aquél interminable descenso.
Después de mucho caminar, una enorme puerta les cerraba el paso en su descenso.
Era totalmente negra, dando la impresión en medio de la ténue luz de las antorchas, de marcar el fin del mundo.
Parecia hecha del mismo material que el trono de Vlad, así como de los escudos y armaduras del monarca y su guardia personal.
Este material tenía intrigado a Arthur, puesto que no había visto nunca en escudos, armas o armaduras que nadie utilizase materia tan oscura. Fascinaba a su vez su extraña perfección, llegando casi a hipnotizar con su profunda belleza, puesto que no contenía ninguna impureza, no reflejaba ninguna luz, más bien parecía absorverla.
Los materiales más duros que se empleaban, reflejaban la luz, sin embargo aquél daba la impresión de sobreponerse a ella, consiguiendo un extraño efecto que en Arthur provocaba miedo.
El joven tenía la impresión de que la puerta le observaba, y aún más se multiplicó su miedo cuando vió a Güüs tan nervioso.
Sus manos sudaban, temblaban sus piernas y sus dedos mientras buscaba entre las llaves para poder alejarse de aquella oscuridad lo más rápido posible.
Arthur vió entonces lo que Güüs quería abrir lo más rápido posible.
Se trataba de una humilde y corriente puerta de carcomida madera, que quedaba como todas las demás a su derecha y que estaba flanqueada por dos antorchas cuyas titubeantes llamas permitían ver el pequeño círculo de mundo a su alrededor, unas llamas cuya luz moría a pocos metros, siguiendo la pendiente, donde la puerta negra la cortaba de golpe, como separando dos mundos, dando entrada a una oscuridad eterna.
La sudor resbalaba por la frente de Güüs cuando le cayeron las llaves, su rostro denotava el nerviosismo que le apremiaba.
El extraño personaje se agachó para recoger el objeto dando la espalda a Arthur, más nervioso de lo normal y pendiente de algo que lo apremiaba, evitando que su atención recayera en el joven mensajero de Craiova.
Entonces fue cuando Arthur, como un súbito reflejo en su mente, recuperó su confianza, y viendo así a Güüs supo que no tendría otra ocasión igual si quería salvarse.
Su mente olvidó el miedo, su alma recuperó el control de su orgullo y a su recuerdo acudió con toda claridad el rostro de su hermana, Sarah.
Ya no dudó ni un instante al recordar que Sarah había quedado sola con el cruel monarca, y se dío cuenta de que ni tan siquiera se habían tomado la molestia de atarle las manos o los pies. ¿Tal era la confianza que tenía Vlad en el miedo infundido?
Sin pensárselo dos veces y sin ningún ápice de duda, la pierna de Arthur se armó con todas las fuerzas que el joven fué capaz de reunir y descargó sobre la parte lateral de la cabeza de Güüs una potente patada, entregando en ella todo lo que llevaba en su interior.
Un desagradable sonido de rotura sonó al impactar la bota. Arthur no sabía si le había roto el cuello o si había hundido parte de la cabeza del desdichado burócrata que quedó tendido en el suelo lateralente con la vista perdida y la expresión estática, mientras un charco de sangre empezaba a rodear su cabeza.
Una enorme inyección de adrenalina subió por todo el cuerpo del joven hasta la cabeza, acelerando su pulso.
No podía ver si Güüs estaba muerto, o aún se movía, no tenía tiempo y hechando un último vistazo furtivo a la oscura puerta, Arthur empezó a correr como alma que se lleva el diablo, huyendo de sus propios miedos.
En esos momentos no podía pensar claramente, sólo en su cabeza el interrogante de qué le habría pasado a su hermana, pues había quedado a solas con Vlad y eso de por si no resultaba alentador precisamente.
El sudor frío del miedo dejó paso a un súbito calor provocado por la propia situación y agravado por la intensa humedad que impregnaba el ambiente y agobiaba el momento.
Los pasos acelerados de Arthur resonaban en el angosto pasillo, interminable curva ascendente que al joven, a pesar de su buen estado de forma, pronto empezó a ahogar.
Los pasos poco a poco apagaron su intensidad y frecuencia, pasando de ser un alegre e inagotable trote a ser un pesado y arrítmico golpeo contra el suelo.
La inyección de adrenalina se había esfumado y el joven ahora estaba mucho más cansado de lo que nunca se había sentido. Acababa de matar a un hombre, su hermana había quedado a solas con el ser humano más cruel que se recordara y ahora iban a perseguirlo para matarle porque sus propios impulsos le habían llevado a una situación irreversible.
Finalmente paró apoyando sus manos sobre sus rodillas, con el cuerpo ligeramente inclinado y respirando a desesperadas bocanadas, consumiendo más oxígeno del que había necesitado nunca.
Sus ojos se humedecieron, y Arthur sollozó, empezando a llorar por su tremenda estupidez, que provocaba que en menos de una noche su vida hubiera pasado de ser ejemplar a convertirse en un infierno.
Mientras abundantes lágrimas resbalaban por sus mejillas y bañaban el suelo sobre el que su mirada se posaba, el joven mensajero reparó en que estaba situado bajo uno de los pequeños charcos de luz que las antorchas proporcionaban, y por tanto debía haber una puerta a su lado.
Efectivamente cuando giró su cabeza descubrió una pequeña puerta de carcomida madera oscura, una como tantas otras de las que había a través del interminable pasillo.
Mientras Arthur intentaba recobrar la calma fijándose en la intrascendente puerta flanqueada por dos antorchas como todas las demás, el joven empezó a escuchar pasos acercándose.