Capítulo 6 – Decisiones precipitadas (III)

16 Enero 2009 at 11:56 am (1ª parte, Capítulo 6)

callejon-oscuroLa conversación continuaba mientras el nauseabundo olor a podredumbre aumentaba. Arthur se preguntaba si sus perseguidores no repararían en ello. El agobio ahogaba al joven y la desesperación empezaba a hacerse con el control de sus nervios.

- A mi no me preocupan ellos, lo que me preocupa es Vlad. El señor está muy extraño últimamente, y no me diréis que lo que se comenta que está sucediendo tanto en este castillo, como en la ciudad, no asusta -, inquirío el primero con asustadiza voz.
- Sí, tienes razón -, convino el segundo.
- La verdad es que sí -, añadió el tercero.

Los pasos ascendentes parecían estar a pocos metros y Arthur paró de golpe pegando su espalda a la pared, sus ojos cerrados, con la sudor bañando todo su cuerpo mientras escalofríos recorrían su ser esperando ver de un momento a otro a cualquiera de sus perseguidores aparecer por el recodo del pasillo descubriéndole con las fatales consecuencias que esto le acarrearía.
Sin embargo nada sucedió, al cabo de unos segundos Arthur abrió los ojos incrédulo y desorientado al no ver aparecer a nadie.
Aguzó su oído, …, nada.
Los pasos, las voces, el olor, todo había desaparecido, sin embargo el joven no se atrevía siquiera a pestañear, no respiraba y con los ojos desorbitados ante la tensión de su situación esperaba que de un momento a otro todo se desencadenara en tragedia.

Pero lo único que escuchó a continuación, en medio de la penumbra fué el tintineo de unas llaves casi a su lado. Se escuchó el sordo golpe del abrir una oxidada cerradura y el pesado traquetear de los viejos goznes que hacían chirriar los tres individuos unos metros más allá de su posción, en dirección ascendente. Los pasos se adentraron por la puerta y con un golpe seco esta se cerró. Lejanas y vanas voces se escucharon al otro lado alejándose de Arthur, aliviando el catatónico corazón del joven.
Sin embargo seguía sin comprender qué había pasado con los pasos ascendentes, con el hedor a muerte que le había envargado hasta hacía unos instantes y que había provocado una situación casi insoportable de tensión y terror en su mente.

Arthur, con la espalda apoyada contra la pared, lanzó un hondo suspiro de alivio al darse cuenta de que había burlado su primera dificultad para salir de allí y a la vez una intensa sensación de pesimismo empezaba a acudir a su mente, formándole un nudo en el estómago al darse cuenta lo difícil que le iba a resultar salir de allí.
Deslizó su cuerpo por la húmeda pared hasta que quedó sentado intentando desterrar esos miedos.

- Tengo que salir de aquí y lo conseguiré, sólo así puedo salvar a Sarah y salvarme a mi mismo. -
Se repetía estas palabras una y otra vez, mientras en su mente daba vueltas a todo aquello que estaba en su mano para escapar de aquella pesadilla.
De repente una imagen vino a su mente y un intenso rayo de esperanza deshizo el nudo de su estómago, el hielo de su corazón devolviéndole un atisbo de serenidad en un momento de lucidez.

Su mente revivió nítidamente los instantes antes a escapar de Güüs.
El menudo personaje estaba buscando de manera casi histérica las llaves que le habían caído al suelo.
Esas llaves debían seguir allí, junto al cuerpo sin vida de Güüs. Esa era su única esperanza y Arthur lo sabía, sin embargo la idea de reencontrarse de frente con aquella escena le aterraba, el hecho de tener que enfrentarse con el cadáver de Güüs dentro de un charco de sangre frente a la turbadora puerta que asustaba incluso a este personaje, provocaba una sensación de ansiedad en Arthur que costaba superar.

Después de unos instantes decidió que era mejor eso a que lo apresaran no sólo por la contestación al rey, sino también por haber asesinado a su consejero.
Arthur prefería no pensar en las consecuencias si llegaba a ser apresado, pero sabía que el rey no le depararía nada agradable.
Ya decidido, con el rostro ensombrecido por la culpa y sintiendo un gran peso sobre si, Arthur consiguió levantarse y entre la oscuridad empezó a andar en dirección descendiente.

Sabía que había bajado mucho mientras escapaba de los tres soldados que casi le habían sorprendido en su huída, pero en realidad no sabía la distancia que le separaba de su objetivo.
Mientras bajaba decidió no pensar en su destino y se concentró en las palabras que había escuchado instantes antes.

Parece ser que el rey se comportaba de manera extraña incluso para aquellos que le habían acompañado anteriormente.
Además lo que había escuchado de la guardia moldava le había dejado perplejo. Los extraños soldados que había visto en el salón del trono no eran normales, eso ya lo había sospechado desde el primer momento, pero lo que había escuchado le había intrigado aún más.
Y por último, ahora sabía que Vlad había marchado a una batalla y sospechaba que era debido al mensaje que él y Sarah le habían llevado, pero entonces, ¿qué había sido de Sarah?, ¿realmente la habría llevado con él?

De lo que sí estaba totalmente de acuerdo Arthur respecto a lo que había escuchado era de que Vlad estaba totalmente loco.
Era normal que se exagerasen la proezas del ejército, pero no era posible que Vlad se sintiese tan seguro como para pretender frenar a un ejército de más de cien mil soldados preparados, con sólo sus doscientos disponibles de la guardia moldava, y más después de descubrir que había deshechado gran parte de su ejército por puro capricho, destinando a meros guardias de ciudad,  a simples mensajeros o milicianos de sus pueblos a los antiguos soldados de la guardia moldava, aquellos que eran temidos por su destreza.
¿Tan buenos eran los mercenarios que apoyaban ahora al rey?

Con estos pensamientos estaba Arthur cuando de repente la puerta apareció ante él, atenazándole de nuevo el miedo, helándole el corazón. Sin atreverse a apartar la mirada de la puerta Arthur empezó a encontrar algo extraño en aquél lugar y advirtió la diferencia respecto a lo que esperaba encontrar cuando dirigió sus ojos al suelo donde dejó a Güüs.

Un enorme charco de sangre empapaba el suelo frente a la carcomida y vulgar puerta de madera, colándose por debajo de la misma y dejando constancia de los actos allí acaecidos esa misma noche.
Sin embargo el cuerpo del burócrata había desparecido.
A Arthur le temblaron las piernas cuando de golpe se abrieron ante él las inmensas posibilidades que aquello podía llegar a suponer. El horror se fundió en su mente y le pareció como si la oscuridad avanzase desde la puerta.

Aterrorizado completamente Arthur se repetía a si mismo, – esto es simplemente producto de mi nerviosismo -, y mientras intentaba autoconvencerse descubrió en el centro del charco de sangre el manojo de llaves que Güüs había buscado con desesperación.
Rápidamente las recogió con cuidado de que no apareciera nadie para hacerle ocupar el lugar donde debería estar el burócrata.

Limpió la sangre de las llaves sobre su camisa y en ese momento supo que esta vez iba a salir indemne.
Minutos después unas ágiles pisadas cruzaban la puerta principal del castillo, como una sombra, nadie preguntó quien salía ni adonde iba.
Envuelto en su oscura capa Arthur se mezcló con las sombras de una inquietante noche presidida por la luna llena entre las calles de Targoviste, con la esperanza de volver a ver a su hermana Sarah con vida, haciéndose la promesa de salvarla de las garras de Vlad Tepes.

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