Capítulo 7 – Sombras fugaces (I)

El suave siseo del agua en su largo transitar enmarcaba el ligero paso de la brisa, gélido manto nocturno que expandía una vaporosa niebla sobre las orillas del Danubio.
En su orilla norte, mientras su largo brazo alcanzaba la longitud de Craiova, kilómetros al sur de esta rica ciudad, la inmensa llanura que la separaba del inmenso río no estaba tan solitaria como de costumbre.
Aunque las pobres gentes de aquellos humildes llanos habían huido, aunque los habituales pero pocos animales de campo temblaban escondidos, bajo la estrellada cúpula coronada por una perfecta circunferencia lunar, el apacible sueño de miles de almas se expandía en una basta área.
Millares de precarias tiendas hechas de cañas y telas, montadas a marchas forzadas protegían los poderosos torsos y mentes de aquellos que bajo el mando del mejor estratega que oriente había conocido, pretendían acabar con el minúsculo reducto que aunque a simple vista parecía ridículo, impedía la conquista del viejo occidente.
Cruzando de orilla sur a norte sin ninguna oposición, más de cien mil soldados descansaban antes de iniciar su campaña bajo kilómetros de tiendas que se perdían en el horizonte y que bajo la luz de la luna asemejaba a un inmenso campo de coloridas telas, moteado por ocasionales fogatas que calentaban a aquellos que montaban guardia.
Podía parecer a ojos del habitual visitante de aquella ribera, que del día a la noche una enorme ciudad, como pocas existiesen, había nacido al sur de Valakia; una ciudad que pretendía asestar un golpe definitivo a su último escollo hacia la victoria.
……………….
Muchos metros por encima de aquella ciudad-campamento, dirigidos por el reflejo de las fogatas, una bandada se dirigía rápidamente sobre su presa.
Ajenos al frío viento, al cansancio de horas de veloz vuelo y al miedo que cualquier mortal viviría, un fuerte rugido se levantó sobre el intenso aleteo que como un fugaz trueno se cernía hacia tranquilas almas ajenas a su suerte.
Y en el centro de esta horrorosa bandada, despertando a voluntad de otra mente, una joven flotaba entre fuertes brazos, viviendo lo que iba a suceder como si de un sueño se tratase.
……………….
La ligera tela que servía como puerta se apartó levemente dejando paso al delgado y oscuro cuerpo de Cernit.
- General, aquí traemos lo que nos pidió.
Tras de si tres hermosas jóvenes entraron con cara asustada y ojos muy abiertos.
Tres mujeres de cabello oscuro y ojos rasgados, su piel parecía suave y escasamente quedaba tapada por pequeños pañuelos de seda en sus partes más pudientes. Su escaso pecho y perfectas curvas denotaban su extrema juventud. Quedaron mirando con expresión de clemencia hacia el hombre que las esperaba, aunque a esas alturas de la noche no sabían que Hanza no distinguiría sus rostros aunque quisiera.
El corpulento hombre se recostaba en el interior de su tienda particular, sobre cientos de almohadas que acolchaban gran parte de la improvisada estancia.
El general era un hombre maduro, curtido, de poderosos brazos, aunque en los últimos años había descuidado su aspecto y una prominente barriga le impidiera mostrarse tan ágil y apuesto como años antes.
Una oscura y frondosa barba tapaba gran parte de su rostro, que surcado de cicatrices quedaba coronado por una eminente calva que no se molestaba en esconder.
Sus verdes ojos se posaron en el gran número de jarras de vino, ahora vacías, que ya había consumido.
- Cernit, por favor, acércame unas jarras más, estoy seguro que estas señoritas apreciarán mi buena voluntad y gustarán de saborear nuestro buen vino. Acercaos, no tengáis miedo.
Con paso derrotado y sumiso las muchachas se arrastraron entre temblores de miedo y asco hasta la acolchada superficie donde se sentaron junto al enorme Hanza, que asemejaba un gigante al lado de las delicadas vírgenes.
Cernit se relamía y frotaba las manos con los ojos desorbitados, ansioso por ver más.
- ¡¡Cernit!!, ¿no me escuchaste?, ¡¡ve a por más vino!!
Como espoleado por el propio diablo, el escuálido sirviente salió como un zorro asustado a cumplir los deseos del general.
Con paso vivo y nervioso caminó en dirección a la tienda que contenía víveres más cercana. Al pasar junto un grupo de soldados que hacía guardia en las inmediaciones de la tienda del general fuertes risotadas y leves cuchicheos mientras sus miradas se dirigían a él indicaron a Cernit que de nuevo se reían de él los soldados.
Sí, Cernit era hazmerreír de su compañía. Se alistó ya hacía más de dos años con la esperanza de servir para algo más que limpiar pocilgas, que era lo que había estado haciendo desde pequeño, pero su enclenque cuerpo pronto le hizo comprender que nunca podría ser un buen soldado, Aún con todo el empeño y dedicación que había puesto, sus escuálidos brazos no conseguían si quiera levantar un arma.
En ocasiones, las mujeres de placer del general le habían dejado en ridículo delante de sus compañeros, jugando con él y dejando patente su falta de físico en todos los aspectos.
El hombre en que se había convertido era el bufón de la compañía primera del general Hanza y a su vez el chico de los recados de este.
Al menos el general había tenido la consideración de convertirlo en su sombra.
- Todo hombre importante necesita colaboradores que hagan las tareas triviales, y tú eres el indicado joven Cernit -, le dijo el general Hanza cuando decició qué hacer con él.
La verdad era que Cernit no entendía porque le había elegido a él, estaba seguro que no era todo lo eficiente que otros podían llegar a ser, pero estaba inmensamente agradecido al general por aquello y era por eso que se esforzaba enormemente en complacer todas sus órdenes.
En estos pensamientos estaba cuando al fin llegó a la tienda de víveres.
Con decisión y sabiendo exactamente donde estaba cada cosa, pues él mismo había supervisado el almacenamiento tanto de víveres, como de armas y animales, cogió un par de jarras de vino extrayéndolo de enormes tinajas que habían llevado consigo arrastradas por fuertes bueyes. El general Hanza no soportaría un solo día sin su habitual consumo de vino.
Cargado con las dos jarras de vino, salió del improvisado almacén de víveres.
Pero a los pocos pasos algo le llamó la atención; todo estaba demasiado silencioso.
No escuchaba los habituales pasos de guardias, ni las risas cerca de las fogatas. El viento parecía haber cesado y ni tan siquiera el sonido de las aves nocturnas parecía escucharse.
- Qué extraño. Parece como si todo el mundo hubiese desaparecido.
Desechó descabelladas ideas y siguió caminando.
Pasó intentando ser ignorado, sin mirar tan siquiera a los corros de soldados que montaban guardia, hasta llegar a la tienda de Hanza.
Antes de entrar Cernit escuchó risas dentro de la tienda, las de las jóvenes, y la voz del general que hablaba divertido, aunque no sabía qué decía, no distinguía sus palabras.
Decidió entrar preparado para todo, respiró profundo y cogiendo aire se dispuso a apartar la tela. Pero justo en el momento en que su brazo rozaba la tela que hacía de puerta un profundo sonido llenó el cielo, un bramido que aumentaba de intensidad y que se mezclaba con un gran estruendo, como si se agitara el viento, lejos, pero a una intensidad fuera de lo común.
Con los ojos como platos Cernit dirigió rápidamente su mirada hacia el cielo, y allí sobreponiéndose a una perfecta luna llena, un ingente número de siluetas se hacían por momentos más grandes, al ritmo que el sonido aumentaba.