Capítulo 5 – La leyenda de un pasado (V)

La paz se rompió, la belleza cesó, la vida se tambaleó.
- Phento, ¿por qué deseas tal fin? -, la cálida y profunda voz de Carzas llenó el cielo.
- ¿Acaso quieres hacerme creer que no sabías lo que tenía que pasar?, ¿tanto te acomodaste señor de la luz? -, su tono burlón dejó traslucir la seguridad que en Phento aumentaba a cada instante.
- Por supuesto que conocía esto, señor de la noche, y conozco tus respuestas, ¿o acaso crees que no sé lo que hiciste, ni tus intenciones? -, inquirió Carzas.
Desde la boca del su mundo, Carzas surgió a través de una oscura y profunda gruta situada en la cima de la más alta montaña de su reino, como torre vigilante erigida en el corazón de un interminable bosque, ahora prácticamente arrasado por Phento, y lo hizo en medio de una impenetrable oscuridad, aquella que arrastraba consigo su opuesto.
El bosque quedaba infestado de siervos de Phento, mientras que el reducto de Carzas albergaba a todo ser vivo que pudo huir de su paso y del de su cruel horda.
Phento subió con facilidad en un vuelo limpio, bajo y lento hasta situarse frente a Carzas, donde se posó con majestuosidad sobre la dura roca de la montaña.
Carzas quedó mirando al recién llegado analizando sus cambios, y en efecto los había.
Su piel ceniza se había oscurecido notablemente, su expresión era ahora mucho más arrogante, de una vileza que superaba las peores espectativas creadas en su mente; las astas eran ahora más impresionantes si cabe, al igual que sus alas.
Phento había crecido, había madurado con el tiempo, y Carzas imaginaba que lo mismo le habría sucedido a si mismo, aunque de ello no estaba seguro.
Capítulo 5 – La leyenda de un pasado (IV)

Eric, mirando a su abuelo con expresión de miedo dijo,
- Bueno, tendremos que entrar, ¿no?. Al fin parece que encontramos lo que buscábamos -.
- Esperemos que no esté ocupada -, respondió Siloy con una risita histérica de resignación.
Franqueada por un alto árbol totalmente seco, la cueva exhalaba un agradable calor.
Con paso precavido, y Siloy al frente se internaron en la cueva.
- ¡Eooo! -, gritó Siloy esperando la respuesta de algún animal, pero nada más que el silencio y su propio eco obtuvo por contestación.
Entraron en lo que era una enorme cavidad, que simplemente con resguardarles de la lluvia y proveerles de su propia calor les pareció un lugar propicio para descansar, casi como si encontraran un nuevo hogar.
No se adentraron mucho, y a pocos pasos de la entrada se acomodaron para descansar.
Siloy rompió algunas ramas del reseco árbol que franqueaba la entrada y ya más seguros en aquella cueva encendieron en poco tiempo un pequeño fuego, gracias a la habilidad que para ello poseía el viejo.
Se quitaron las ropas tendiéndolas a la lumbre y dentro del pequeño círculo de luz se secaron yaciendo desnudos sobre la dura roca.
Capítulo 5 – La leyenda de un pasado (III)

Cuando Siloy pronunciaba estas últimas palabras, un intenso trueno rugió en el cielo, rompiendo la tranquilidad de la noche, rasgando el hipnótico estado de Eric y sobresaltando a las tres solitarias figuras que se acurrucaban bajo un frondoso manto de ramas, en medio de la noche.
Casi de inmediato, una tormenta de desatadas proporciones sobrevino con ímpetu empapando rápidamente todo aquello que abarcaba.
- Será mejor que busquemos un refugio Eric, así no podemos pasar la noche, y si no lo conseguimos pronto, podemos acabar enfermando. El frío de la noche y la lluvia no son buenos para mis huesos -.
Esto decía el viejo Siloy mirando fíjamente el escaso fuego que quedaba y que poco a poco se apagaba con cada gota de agua que le golpeaba, hasta que finalmente quedaron a oscuras, totalmente expuestos al frío y la lluvia.
- Abuelo, creo que más allá de estos árboles pueden haber abrigos en los muros de piedra que vemos allá a lo lejos -.
Eric parecía preocupado de la situación en la que se encontraban, puesto que no parecía una tormenta pasajera. En aquellos lugares las aguas caían con fuerza durante días en muchas ocasiones.
Cogió a Todd entre sus brazos, cubriéndole del torrente de agua que sobre ellos se cernía y a paso ligero empezaron a dirigirse hacia los escarpados picos de la montaña, en cuyas cimas la nieve les observaba como recuerdo del intenso frío que sobre ellos recaía.
Capítulo 5 – La leyenda de un pasado (II)

Los años pasaban y paulatinamente ambos seres se desarrollaban a un ritmo lento, muy lento para el resto de seres vivos, cuyas vidas pasaban, y no suponían nada más que fugaces destellos de luz que se apagaban rápidamente mientras la potente llama de su naturaleza crecía inexorablemente con el tiempo.
Muchas generaciones pasaron con esta situación, mientras ellos se desarrollaban progresivamente tanto física, como psicológicamente.
Sus cuerpos desnudos, a la luz del día eran difíciles de ver, puesto que raramente dejaban reflejar la luz del sol sobre su piel, que parecía deshacerse al contacto con su luz, afectándole sobremanera, y no aguantando por mucho tiempo su exposición.
Sin embargo, de noche reinaban a sus anchas. Sus cuerpos con el tiempo se tornaron mucho más grandes y atléticos, de anchas espaldas, fuertes y duros músculos, altura considerable y presencia intimidante.
En aspecto eran similares, hasta el punto de ser prácticamente imposible distinguirlos, de no ser por una diferencia que obviaba su personalidad.
Las protuberancias de las sienes se desarrollaron en Phento tremendamente convirtiéndose en dos impresionantes astas, que le conferían un aspecto aún más amenazador si cabe, mientras que en Carzas, tan sólo se desarrollaron unas pequeñas astas curvadas, que en lugar de amenazantes, le conferían un aspecto majestuoso.
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Capítulo 5 – La leyenda de un pasado (I)

Los siguientes días fueron extraños, prácticamente como una pesadilla.
Eric y su abuelo Siloy, ante los recientes hechos decidieron moverse hacia un nuevo destino, ignorando si la muerte y el terror les persiguirían.
De día caminaban a buen paso entre frondoso bosque, o escarpada montaña, pero nunca por caminos, huyendo de cualquier contacto humano, al menos mientras sus almas no perdonasen su propia naturaleza.
El joven aún seguía preguntándose “por que”, seguía pensando sin parar acerca de lo que había ocurrido, y sabía que no debía, que tal vez era mejor la ignorancia, seguramente no le gustaría conocer la verdad, puesto que sospechaba que lo ocurrido debía tener una razón mucho más terrorífica que los hechos en si. Sabía que el responsable podía llegar a destrozarles mucho más de lo que ya había hecho.
Caminaba al ritmo que su sangre marcaba, casi inconscientemente.
Junto a su abuelo, ambos continuaban sus pasos por pura inercia, aún huyendo del horror.
Prácticamente no cruzaban palabra, ambos pensativos. Si alguien se hubiese cruzado con ellos, por su aspecto y actitud le habría parecido ver una aparición fantasmal antes que a dos personas en busca de un nuevo comienzo.
Tan sólo en contadas ocasiones, cuando sus tripas protestaban con renovado ahínco, y el dolor del hambre les llevaba al límite, se tomaban un pequeño respiro, para buscar algo de comer y reponer fuerzas, saciando, aunque fuera por poco tiempo el profundo vacío que en su interior había quedado.