Capítulo 7 – Sombras fugaces (I)

El suave siseo del agua en su largo transitar enmarcaba el ligero paso de la brisa, gélido manto nocturno que expandía una vaporosa niebla sobre las orillas del Danubio.
En su orilla norte, mientras su largo brazo alcanzaba la longitud de Craiova, kilómetros al sur de esta rica ciudad, la inmensa llanura que la separaba del inmenso río no estaba tan solitaria como de costumbre.
Aunque las pobres gentes de aquellos humildes llanos habían huido, aunque los habituales pero pocos animales de campo temblaban escondidos, bajo la estrellada cúpula coronada por una perfecta circunferencia lunar, el apacible sueño de miles de almas se expandía en una basta área.
Millares de precarias tiendas hechas de cañas y telas, montadas a marchas forzadas protegían los poderosos torsos y mentes de aquellos que bajo el mando del mejor estratega que oriente había conocido, pretendían acabar con el minúsculo reducto que aunque a simple vista parecía ridículo, impedía la conquista del viejo occidente.
Cruzando de orilla sur a norte sin ninguna oposición, más de cien mil soldados descansaban antes de iniciar su campaña bajo kilómetros de tiendas que se perdían en el horizonte y que bajo la luz de la luna asemejaba a un inmenso campo de coloridas telas, moteado por ocasionales fogatas que calentaban a aquellos que montaban guardia.